Solo hay una regla. Mi querida reina. Los sentimientos solo nos harán más débiles. La única regla en nuestro juego, nunca enamorarse. Es un lujo que no nos podemos permitir.
Eso es fácil. Había dicho Rozaline a modo de réplica. Pero tantos maridos. Tantos falsos sentimientos. Tanto actuar. Tantos besos vacíos y falso sexo. Tanto había pasado que creyó haber sido comida por el personaje y capaz de despreocuparse. Fue tan idiota, el pensar que la tentación del amor ya no la acosaría jamás.
El día era gris. Un fuerte viento azotaba la ciudad. Las nubes grisáceas iban cubriendo el cielo lentamente. Daban una luz clara y sin sombra. La realidad se imponía lentamente. Gritaban en la cabeza de la mujer las mismas palabras: "La única regla es no enamorarse."
Demasiado tarde.
Corre. Duele. ¿Qué es esto? Ah...lo veo sangre. Me sangran los pies. Has corrido demasiado Eloísa. No, ya no soy Eloísa....Eloísa murió hace demasiado. Tampoco soy Rozaline...Rozaline no tiene corazón. ¿Quién soy ahora? Ni Magda, ni Rowenna, ni Jane, ni Katherine. Soy un títere de los sentimientos...Un coche. Esquívalo. O mejor lánzate a él. Ha pasado. Sigue corriendo. Mis pies sangran más. He pisado un cristal. Duele. Pero no mis pies sino mi corazón. El puerto. Está vacío. Huye. La madera cruje...
Una mujer apareció corriendo de la nada. Tenía los ojos vidriosos. Había llorado. El sabor salado de sus lágrimas se mantenía en su boca. Le molestaba, quería el sabor de los besos de Edgar. Quería sentir sus brazos rodeando su cuerpo. Sus manos acariciándole los pechos. Oír como le tocaba el piano, a ella solo a ella. Era él quien podía abrazarla y hacerle olvidar que era imposible. No le importaban las joyas, ni los vestidos caros.
Solo importaba él.
La mujer siguió corriendo por la pasarela de madera que iba hacia la nada. Llevaba un vestido blanco que empezaba a hacer vuelo en bajo el pecho. Tenía los pies desnudo y sangrando. El cabello escarlata estaba recogido en un moño algo caído del cual escapaba un gran mechón y le colgaba por el lado derecho. La piel alrededor de su cuello mostraba que había llevado un collar. Tenía la marca de una mano ensangrentada en su lugar.
A mitad de la pasarela la mujer estalló en un amargo llanto y se derrumbó de rodillas llevándose la mano al pecho. Palpó su cuello en busca de un collar que ya no estaba. Ahora se encontraba lejos. La blanca perla con forma de corazón estaba rota, manchada de sangre y tirada en la biblioteca. Edgar agarraba con la mano fría e inerte la cadena. El cadáver del hombre estaba tirado sobre la moqueta. Sobre una gran mancha de sangre. En su rostro solo había una expresión; traición.
La respiración de la mujer sin nombre se agitó más. Las lágrimas caían contra la madera y su regazo. En su mejilla una perfumada gota de sangre. La imagen de la cara de su marido antes de morir le hizo gritar de dolor. No se había enfadado, no murió sintiendo recelo hacia ella. Murió amandola pese a haberlo matado.
La mujer palpó su vestido y tirado a su lado lo vio. El revolver al que le faltaba una sola bala. Una lágrima pasó sobre la gota se sangre y tiñéndose de rojo cayó sobre la empuñadura del arma.
La única regla es no enamorarse.
Las nubes abandonaban el cielo. El cálido sol calmaba un poco al agitado mar. Sobre la pasarela una mujer. Tumbada con un vestido más rojo que blanco. Un revolver con cuatro balas se hundía en el mar. El viento hacía que ondease el vestido y sus cabellos. Una mano colgaba al mar. La otra se posaba sobre donde debía estar un colgante.
Recuerda, mi reina. Si incumplimos la regla solo nos depara un futuro. Nuestra propia destrucción.