No. Estoy harto.

Esto no puede seguir. Esa cuchilla representa todo para mi, no puedo permitir que intentes quitármela. No me entiendes. Nunca me has entendido. Has fingido quererme y comprenderme pero realmente....realmente somos unos desconocidos.

Siempre me ha sido muy difícil poder expresarme con soltura. Solo podía con él, y ahora, está muerto. Desde que se fue no he podido volver a abrirme a nadie. Ya nada es lo mismo. El mundo no se había vuelto frívolo y despiadado, sino que caluroso. No era el filo de la guadaña lo que me acariciaba, eran unas manos calientes y sudorosas. Ansiosas, rodeando mi cuello, apretándolo, deleitándose viendo como poco a poco mi ser se va consumiendo.

Mi vida se ha vuelto asfixiante. No puede pasar un día sin que me ahogue y paralice por el miedo. Pero esa cuchilla, esa puta cuchilla, me da poder. Para mi, cortarme no es un intento de suicidio, ni acto para llamar la atención. El dolor sustituye al miedo. La tensión al calor. Me siento relajado, extasiado, tranquilo. La sangre brota por mi brazo, liberándome de esta opresión. Alguien puede creer que las lágrimas que ruedan por mi cara son de sufrimiento, y no se equivoca, pero esas lágrimas me permiten poder sentir algo más que este miedo que me destroza.

No puedes pararme. Si me destruyo, tal y como dices, me destruiré sintiéndome libre y no en brazos de la desesperación. De modo que la cuchilla seguirá siendo mi pincel y mis propias carnes el lienzo.