Ámame (II)

Me encantaría poderos decir que V era precioso. Me gustaría que supierais que tenía los ojos azules como zafiros. Los mirabas, e incluso pixelados sabías que eran como olas de océanos. Que tenía la sonrisa más mona del mundo y cada vez que nos veíamos no podíamos parar de sonreirnos. Porque así es el amor, estúpido, ilógico. Te saca una sonrisa que tú dabas por muerta. Y el caos y putrefacción que te rodea desaparece, ignoras todo, y te pierdes en su cara, en sus facciones, en sus hoyuelos. Querría deciros que me decía idioteces, esas ñoñadas que se dicen los enamorados. Todas esas mentiras que te hacen querer llorar de felicidad, te oprimen la nariz porque contienes llanto con la estúpida sonrisa. Y poco a poco todo se vuelve borroso, y sufres porque vas a llorar, no puedes pararlo más, y vas a cerrar los ojos y dejar de verle. Me gustaría que eso hubiese pasado. Pero solo es mi fantasía.

Miré sus ojos alguna vez y no eran nada especial. Eran azules claros, apagados, pero en la oscuridad en la que estaba siempre era casi imposible ver cualquier brillo en ellos. V tenía la nariz torcida y siempre llevaba el pelo sucio y pegado contra la cabeza con una capa de grasa. No estaba en forma y su brazo derecho solía estar vendado. Nunca me dijo que me quería. En parte porque yo no se lo pedí, evitabamos el tema de forma natural. No quería oír que solo era su puta cibernética y que me dejara de gilipolleces y sacase la polla. Y en parte porque realmente era su zorrita. Podría haberme llamado e iría al confín del mundo solo para poder verle aunque después él me escupiese.

Pero aquella indiferencia que sentía V hacía mi me causaba estragos. Me hundía lentamente en un abismo que parecía sin fondo. Todo era dolor, sufrimiento, llanto. Todo era un montón de mierda. Me iba pudriendo lentamente. El sexo era mi forma de escapar un rato de la tortura que era mi día a día. Me gustaba el sadomasoquismo, no por el placer de que me humillasen. Cuando practicaba sado podía gritar, podía llorar, podía expresarme. Cada uno hace esto de una manera. Yo huía del mundo gracias al sexo, V con una cuchilla. No se que porqué sufriría él, que problemas tendría, solo se que se cortaba para poder sentir algo más que indiferencia.

-Mi vida es asfixiante. -Me dijo una vez.- No puede pasar un día sin que me ahogue y paralice por el miedo. Pero esta cuchilla, esta puta cuchilla, me da poder. Para mi, cortarme no es un intento de suicidio, ni acto para llamar la atención. El dolor y la tensión me relajan. Hacen que me sienta extasiado. La sangre brota por mi brazo, liberándome de esta opresión que me jode. Esta cuchilla me hace vivir. Es mi pincel y mis propias carnes el lienzo.