Ámame (III)

El conocer datos personales estaba prohibido. Porque estos cohibían. No ofrecer información propia daba un anonimato esencial. No había miedo de que las palabras se volviesen en tu contra. No existía un "tu". Nos mostrábamos tal y como éramos. Nos despojábamos de todo lo secundario, solo quedaban almas desnudas. No habían nombres, no había direcciones, no había mundo. Sólo almas desnudas relatando historias de dolor, de odio, de humillación. Relatando verdades afiladas como cuchillos. Y, al final, estos cuchillos se clavaban en las almas desnudas haciendo emanar más historias, más verdades, más desprecio, más miedo, más destrucción.