El aire no entraba en sus pulmones. Allí tumbado sobre las sábanas, con la imagen de aquel Adonis rubio sobando a Álvaro, Abel irradiaba odio por cada uno de los poros de su piel. Golpeaban como martillos directamente sobre su cerebro las risas de ambos y el leve gemido que se le escapaba a Álvaro cuando el surfista le lamía el cuello.
Era como si se hubiese sumergido en una parte poco profunda del mar, allí estaba la salida, el despertar, brillando, fácil de conseguir, incluso notaba en la punta de los dedos de los pies la brisa fresca. Pero algo lo retenía allí debajo, como si los musculados brazos de aquel hombre perfecto lo apretaran clavándolo en la arena. Pero al mismo tiempo estaba en otra parte, besando al amor de su vida. Abrazándolo, haciéndole gemir. Sus gemidos se sostenían en el aire, no morían pero no eran eternos, estaban ahí sonando pero en silencio. Haciendo una herida en el cuerpo de Abel, profunda, ardiente, directa en el corazón. Un balazo que se mezclaba con el agua salada.
El escozor era insoportable, el macizo seguía haciendo fuerza, clavándolo en la arena, provocando que Abel odiase cada vez más su cuerpo débil y flácido. El agua le entra a bocanadas. Sus pulmones se llenan. La sal le seca la boca, los ojos. Álvaro gime de nuevo a manos de su Adonis, otro balazo que se clava a bocajarro. El grito de dolor se pierde entre el arrullo del mar.
La presión cesa. Los brazos atléticos y musculosos sueltan al endeble cuerpo del muchacho. La cabeza cae muerta hacia atrás, el pelo se mezcla con la arena y levanta tornados de polvo. Álvaro ríe, se cae al agua, chapotea salpicando al surfista. La resaca va retirando el agua del cadáver. La sal petrifica el cuerpo, el sol lo quema, las lágrimas lo surcan formando ríos por sus mejillas. Un embalse salado se forma en su boca, las comisuras se pueblan por salvajes que lucharan por la sal que se va depositando en el fondo del paladar.
En la batalla un nuevo Álvaro, guerrero ahora, perecerá en el embalse y su cadáver se hundirá. Caerá por la garganta, encontrará las fugas que causaron sus balas, y ,tarde o temprano, llegará al pútrido corazón de su amor. Dónde ambos cadáveres serían felices para la eternidad.