Anónimos.

Estalla, explota, resuena, brama, degolla, mata. Y no puede parar el giro del mundo. Esa maldita pelota que no deja de dar vueltas. Él, mareado, se acerca al borde del abismo, donde el aire gime de placer al golpearle la cara con su furia. No se debe subestimar nunca al aire, pues es él quien decide si puedes andar hasta al borde y con un débil susurro hacerte caer, o luchar con valía para no dejar que te acerques.

Él mira ahora su sombra danzar en la pared con una desconocida transeúnte. Se mueven, se deslizan con cuidado, saben que se van a separar y, posiblemente, para siempre, pero ellos bailan al compás de la ciudad. Deseando con ansia que sus amos se crucen y durante unos instantes se fundan en uno. Mientras tanto, bailan con deseo, con el deseo de un siervo inerte y olvidado, pisoteado continuamente. Por ahí se acercan. Ya no queda nada. Las sombras se alargan. Vibran de placer al borde del contacto. Pasa un coche. Su sombre cubre a la chica. Desaparece. Muere. Cae en el olvido. Ella sube al coche, a su cárcel, y él, nuestro protagonista, con su sombra bajo los pies, cruza el paso de peatones.

Fn del primer acto.

Calle transitada. Iluminada por neones y farolas. Un hombre mendiga. Una fulana fuma. Una señora siente asco de ese lugar. Un profesor recibe la lengua de su alumna en el glande. Pese a eso, el contacto se puede considerar nulo. No encajan. Son fuego y hielo uniéndose. Destructiva. Él es otro pedazo de hielo deslizándose por la gélida urbe. La muerte, vestida con traje y corbata de seda, ríe de una forma macabra. Lo ve. Lo desea. Lo quiere. Lo ama. Lo odia. Quiere follarselo. Quiere matarlo. Quiere abrazarlo. Quiere amarlo hasta la muerte. Irónico ¿No?

Él se mueve, vacila, mira con miedo, se sumerge de nuevo en su ser. Palpa su cuerpo desde dentro. Empuja la piel hacia fuera. Se deforma. Se odia. Se quiere liberar de su cárcel de vísceras y músculo. Un coche pita. Frena de golpe. El cinturón provoca un hematoma. La conductora grita, brama, estalla como una estrella sin hidrógeno. Él está en el suelo. Mira los faros. Los odia, los quiere encima. Quiere los cristales en su piel, rasgándola, dejándole salir. La luz parpadea. Lo ciega. Lo transporta. Bum-bum. Bum-bum. Bum-bum. Late. Late fuerte. Tan fuerte y rápido que acalla al mundo. Todo se para y escucha ese latido rítmico  El mundo ha dejado de girar.

La sombra es más larga que nunca. Alcanza un edificio y se leva hasta el final. Llega incluso a la Luna. Ahora, en el espacio y gigante, habiendo devorado a varias congéneres, se siente más sola que nunca. Quiere amar, ser amada. Quiere palpar, ser palpada. Tilila. Se agita. Teme. Llora. Grita. Los faros del coche se apagan.

Fin del segundo acto.

Mismo escenario, diferente hora. La puta ejerce su oficio en un callejón cercano. La señora ha sido consumida por la oscuridad. El pordiosero duerme. La alumna gime atragantada por el falo de otro alumno. Horas atrás ha sido pillada in fraganti. Sus ojos carecen de brillo, se encuentra lejos, fuera, aislada de este mundo. Ha conseguido escapar de su cuerpo. Es libre. Vuela. Disfruta. Planea sobre el mundano abismo. Su sombra, sin embargo, sigue anclada. Observa horrorizada. Cae una lámpara. Luz lateral. Ahora es violada, victima de una mujer que la esclaviza siendo ella misma ella.

Él tiene frío. Es un iceberg con frío. Piensa, medita, juzga. La masa lo mira con hostilidad y falsa compasión al cruzarse con él. Otros cruzan de acera. Los coches pasan y atropellan su amabilidad, la revientan contra el asfalto e hinchan su ego. Caos. Truena, retumba, ruge. La muerte viste ahora de mujer. Delgada, guapa, a la moda.Sonríe, disfruta, filtrea, busca. Los busca. A él. Sólo a él. Él ahora es importante para alguien. Podría ser feliz en un futuro si conociese ese dato, o ser aún más infeliz si conociese el dato completo.

La sombra mira el abismo. Las Almas gritan desde abajo, victimas de si mismas. Presas de un cuerpo que no quieren. Esclavas en un mundo caótico y congelado. Un mundo sin moral o ética. Un mundo infectado de seres que perdieron la razón. Un mundo cruel. Un mundo aciago.

Hay gente feliz. Sí. Pero no duran. Esa felicidad es espontánea y efímera. Delicada. Absurda y satisfactoria. O no tanto. Al final, sumando tiempo en desdicha y tiempo alegre, gana la soledad. Ella es el abismo. Es la muerte. Es el mendigo. Es la sombra de la chica que subió al coche. Es el faro que casi mutila a nuestro anónimo.

La sombra asiente. Lo acepta. Mira el abismo, mira el mundo, mira a los que planean sobre él. Libres, eso creen, pero no vuelan, planean. Caerán. Serás absorbidos y devorados. Salta. Se libera de su amo. Es salvaje. Cae. Se consume. Muere.

Fin del tercer acto.