Los proyectos de palabras que se quedaban en gemidos se agolpaban en su garganta. "¿No estás muy delgada?" le había preguntado su tía con una falsa inocencia, sabiendo perfectamente que sus palabras desencadenarían la conversación que llevaban evitando toda la navidad. A ella le dieron ganas de levantarse y arrojarle el solomillo relleno a la cabeza a aquella bruja para después lanzarse ella atravesando la mesa y cortarle la yugular con el cuchillo de papel que le habían dado. Sus bonitos zapatos nuevos saltarían por los aires e irían a parar sobre el pescado en salsa salpicando al resto de patanes que la miraban con un cariño al que se le podía ver el pegamento, mientras la arpía agonizaba en el suelo.
Pero se quedó allí, mirando fijamente la carne hecha trocitos y desparramada por el plato. Su padre sí que estaba matando a esa bruja con la mirada, al borde de echarla de la casa y prohibirle la entrada por el resto de su vida. Sin embargo, su madre se adelantó. Ella también miraba su comida, la golpeaba con nerviosismo con el cuchillo y el tenedor, cuando habló lo hizo tremendamente rápido con una voz irregular y tímida. "Sí, aunque ahora está mucho mejor y ha ganado peso. ¿Quieres más vino, mamá?" Y una risita falsa. Pero una vez abierta la veda era imposible de parar. "En mis tiempos..." Empezó su abuelo antes de que la arpía atacara de nuevo.
-¿Sí? Pues yo la veo más delgada, si acaso. Quizá no deberíais haberla sacada de ese sitio, así hubiese escarmentado sus actos en la soledad de su celda. -Toses, resoplidos en las copas, un cuchillo arañando el plato, miradas asustadas. Y su madre de nuevo intentando calmar la cosa.
-Ah, no sé. ¿Seguro que no quieres más vino, mamá? Es importado, de Francia. Tu fav... Cariño, no. Por favor...
Y un portazo. La chica se quedó unos instantes apoyada en la pared del portal. La oscuridad, el frío que se colaba por las rendijas de las ventanas y los ruidos de familias felices cenando el día de año nuevo la acogieron. También pudo escuchar e imaginar lo que pasaba en su casa. Sus abuelos mirándose el uno al otro y desaprobando tanto su conducta como la de su madre por criar a una hija tan irrespetuosa, su padre levantándose de la mesa y dirigiéndose al baño a desahogar su cólera contra los azulejos verdes, su madre al borde del llanto huyendo a la cocina, sus otras dos tías y un primo pequeño tras ella para consolarla, la bruja con falsa cara de pena, lanzándose miraditas y comentarios los unos a los otros.
El viento de diciembre no la acogió con tanto cariño al salir a la calle. Menos aún a su cuerpecillo únicamente cubierto con un fino vestido de tirantes. Las calles, propias de una película apocalíptica, tenían un aire hostil. Realmente, aunque estaban llenas de luces brillantes y papá Noeles colgando, a pesar de que se veía y oía a las familias cenar todas juntas, a ella le pareció tremendamente deprimente. Se abrazó su diminuto cuerpo y caminó sin rumbo.
En poco tiempo su piel había tomado un tono enfermizo, incluso se notaba el tono azulado debajo del pintalabios rosa. Las clavículas se marcaban tanto que parecían pintadas para darles más profundidad, no se podía apreciar sus pequeños pezones, ocultados por relleno para disimular la inexistencia de sus pechos. Sí, estaba más delgada para cualquier ojo, menos para el suyo. Tanto ella como sus padres habían hecho un esfuerzo sobrehumano para sacarla del centro y tenerla en casa. Aunque rompió el trato durante la primera cena. Lo había intentado, lo había intentado con todas sus fuerzas, pero no habían sido suficientes. Aquella noche el dedo en su garganta se clavó también en su corazón, se retorció de dolor ante el retrete. Cuando tiró de la cadena se esfumaron las lágrimas, los gemidos ahogados, las promesas.
"¡Feliz año nuevo!". Los gritos llegaron desde todas partes. Sus tacones estaban tumbados bajo el banco. Ella sollozaba abrazada a sus rodillas huesudas. El viento ululaba entre las ramas de los árboles, algunas nubes se movían amenazantes y oscuras por un cielo sin luna. En su interior afloraba un sentimiento de tristeza tan inmenso que la abrumaba, sentía que siempre había estado allí y ahora despertaba de su letargo. Se movía en su alma como una inmensa mole que devoraba todo lo que encontraba a su paso.
El sonido del primer fuego la asustó. Levantó la cabeza para encontrarse una gran estela roja en la oscuridad. Los fuegos se fueron sucediendo de todo tipo y tamaño. Con cada explosión su cuerpo vibraba de forma extraña, como si cada vez que el cielo brillara su alma intentase huir y unirse con esa belleza efímera. Los colores vivos se iban reflejando en las lágrimas que caían sobre sus mejillas, cuando lo notó. Aquellos dedos inconfundibles, aquella caricia tan calmante, unos dedos con ritmo propio. Sus dedos.
-Tus padres me han llamado, estaban asustados.
-¿Cómo me has encontrado?
-Siempre huyes al mismo banco del parque. -Casi se dejó caer sobre ella, la abrazó del mismo modo que la había abrazado la primera vez, una abrazo largo, deseado, agarrando su vestido hasta casi arrancarle el trozo de tela. El cielo seguía iluminándose de cientos de colores, la gente empezaba a salir de sus casas y los balcones estaban poblados de personas gritando de ilusión. Pero cuando habló, después de haber llorado en su hombro, únicamente pudo escuchar su voz.- Me tenías asustada.