La forma en la que pronunciaba las palabras era como el crepúsculo de un día de verano. Su voz me trasportaba a un mundo diferente al que viví, uno en el que sol moría siempre y el viento caliente se colaba entre las cortinas. Cuando ella hablaba yo oía su voz como si fuesen susurros en mi ventana. Nunca me di cuenta de que no la veía como algo más que eso, simples susurros que me atraían. Ella, sin embargo, me veía a mí como el amor de su vida. Y yo dejé que lo creyese, porque aquel susurro de un anochecer en verano era también mi aliento en una ventana en pleno invierno.