El hombre invisible.

Me enamoré de un hombre invisible hace poco. No era nadie especial, nadie en quien te fijaras o quien más tarde recordarías. Pero yo me enamoré de él. Era mayo. Los primeros rayos de sol se extendían por la ciudad como si del cálido abrazo de bienvenida del verano se tratase. El buen tiempo y el florecer de los parques atrajeron al buen humor de todo el mundo, incitados a salir de sus casas tras un invierno especialmente frío y oscuro. Los ancianos paseaban hasta la noche, los adolescentes se agolpaban en el césped, las amas de casas tomaban café en las terrazas de los bares. En ese tiempo no solo florecían las plantas, también se animaba el humor de la gente. Yo empecé a pasar las tardes sentado en algún banco del parque con mi perra Ágata. No hacíamos nada especial, simplemente disfrutábamos del clima. Ella, un mastín blanco que tendía a cojear de una pata trasera, se tumbaba a mi lado colocando la cabeza en mi regazo para que la acariciase mientras dormía. Otras veces se escondía debajo del banco malamente para refrescarse o se dedicaba a comerse las flores amarillas del césped. Me gustaba la forma en la que las olía durante un buen rato antes de darles un bocado y llenarse el hocico de pétalos. Después siempre estornudaba y yo siempre me reía. Llegué a pensar que lo hacía a propósito. Al tiempo, cada vez que lo hacía me miraba esperando mi risa. Alguna vez intenté contenerme, entonces ella ladeaba la cabeza y venía hasta a mi rogándome caricias de nuevo.

A ambos nos gustaba escapar de casa y dejar que el tiempo muriese sin más. Cuando se vive atrapado en un sitio hostil que no deja lugar ni a la más ligera sonrisa, el mero acto de respirar con tranquilidad y ver las nubes moverse, es como una bocanada de aire después de haber estado sumergido durante horas. Fue en esos ratos vacíos, de silencio interno y paz, en los que empecé a ver al hombre invisible. Como mantenía la cabeza en blanco, más allá de vigilar a Ágata, me fijaba en todo lo que me rodeaba para después cerrar los ojos en mi casa y recordarlo. De ese modo, ese pequeño oasis en mi vida podía alargarse en mi memoria. No me di cuenta de su presencia hasta que me tumbé en mi cama, me puse los cascos y volví a vivir el día. Pensé en las formas de las nubes, las veces en las que la fuente había parado y vuelto a encenderse como un parpadeo, las flores que Ágata se había comido, las cosas que habían escritas en el banco, cada una de las personas que había cruzado delante de mi. Después de un grupo de corredores compuesto por dos hombres y tres mujeres y casi al mismo paso que una mujer con un carrito de bebés lleno de bolsas de la compra, mi mente habló de un hombre de pelo castaño y andar huidizo. Un tiempo después me di cuenta de que era un hombre tan alto y tan delgado que parecía siempre de perfil, de que se movía como un gato asustado y de que era yo el único capaz de verlo. Pero la primera vez que mi subconsciente me habló de él casi negué su existencia. De forma fría, pensando directamente en él era incapaz de recordarlo pero sin embargo si rememoraba el día entero su figura aparecía, rápida y casi tapada por la mujer del carrito, pero ahí estaba.

Los días siguientes decidí empezar a buscarlo. Todo siguió igual que antes pero había empezado a prestar una atención consciente a los transeúntes. No tardó demasiado en volver a aparecer. Rápido y sigiloso, como más tarde descubriría que siempre actuaba.  Todos los lunes, miércoles y viernes entraba por la puerta principal del parque, compraba una bolsa de palomitas con ketchup que se comía durante el camino hasta la fuente, en una papelera la sacudía para que perdiera las migas, la doblaba con cuidado y la guardaba en uno de sus bolsillos. Después andaba más lento embobado en la fuente y cuando finalmente llegaba a la zona más transitada, aceleraba el paso y se marchaba por una puerta lateral. Alguna que otra vez tuve el deseo de perseguirle. Ver de donde venía o a donde iba. Pero nunca me atreví a hacerlo. Me gustaba su forma de ser invisible, su aura misteriosa, su sola existencia en el parque únicamente para mi. Ahí fue cuando me enamoré. Y empecé a ir allí solo para poder verle durante unos instantes, para poder amar a un fantasma de una forma más allá de lo que el resto hacen, porque era un amor perfecto. Ninguno de los existíamos para el mundo, eramos inmateriales, livianos. Como dos globos perdidos en la atmósfera que se cruzan en su ascenso. Solos, a punto de morir, olvidados, únicos.

Un día compró dos bolsas de palomitas y se sentó a mi lado. Ninguno se atrevió a decir nada. Me miró a los ojos y dejó una de ellas a mi lado. Se levantó y se marchó del mismo modo que hacía siempre. Al día siguiente, cuando pasó por delante de mí, fui hacia él y le devolví la bolsa. Vacía y doblada del mismo modo que él solía hacer. Cuando fue a cogerla sus dedos rozaron los míos. Le miré con miedo, esperando a que aquél pequeño roce nos hiciese rebotar y alejarnos para siempre o explotase a alguno. Pero no lo hizo. Fueron dos simples trozos de carne caliente rozándose. Pasaron los días y ambos nos tratábamos con miedo, como si sujetásemos pequeños tesoros de cristal a punto de romperse. Durante todo ese tiempo ninguno dijimos nunca nada. Porque no hacía falta que lo hiciésemos. No necesitábamos palabras para demostrar todo lo que sentíamos, teníamos miradas. Nos veíamos el uno al otro y eso era todo lo importante. Juntos existíamos.