Toda ella temblaba. Parecía que la única parte que no se movía eran sus pies. Enfundados en unos tacones rojos y sobre la barandilla. Llevaba un vestido con vuelo y hasta las rodillas, que ondeaba con el aire, sus manos ocultadas por unos guantes de encaje rojos, y su pelo estaba suelto merciéndose con el aire. Apretó los labios una vez más. Sintió entonces un poco de miedo. ¿Se arrepentía?¿La echaría de menos? Abrió los ojos. El río tenía una corriente muy salvaje, la lluvia que caía parecía ser arrastrada con furia y no disuelta. El agua no parecía caer sobre ella que se mantenía perfecta en equilibrio.
A unos metro de la mujer , en el lado contrario del puente un muchacho. Con el pelo mojado y pegado a la cara. Había saltado la valla y estaba sentado en el pequeño trocito que quedaba antes del vació. Con una pierna cayendo y la otra doblada. Mantenía un brazo en la rodilla de la pierna doblada y una rosa en su mano. ¿Iba a desafiar la gravedad de verdad?¿Era la única salida? La lluvia mojaba la rosa, mojaba su piel, pero no parecía importar.
En aquella noche tormentosa y oscura de diciembre. En la que el frío se pegaba en los huesos y helaba el alma. Habían pactado ir al puente. Ella estaba demasiado confusa y quería saber que harían. Si vivir en aquel pecado, o abandonar. Un amor imposible separaba a los dos sujetos y aquella noche uno seguramente moriría. Pero en sus cabezas gritaba una voz la misma frase: "¿Qué haría en una vida sin ti?"
Abrió lentamente los labios carmesí. Cerró los ojos de nuevo y dijo entre sollozos y lágrimas, con la voz temblorosa y rápida. Pareciendo que le faltaba la respiración:
Giró sobre sus tobillos con una mano sobre el corazón. Agarrándose el vestido con tal fuerza de arrancar el trozo de tela que sostenía. Viendo la espalda del hombre por el que moría gritó:
El hombre alzó la cabeza. Notando las gotas de agua caer y fusionarse con sus lágrimas. Su fría piel y la dulce voz de la mujer por la que mataría. Con voz clara y decidida, dejando mostrar el miedo que tenía solamente al final le contestó:
Tomó aire. Se levantó y saltó de nuevo la valla. El corazón de la mujer latía a gran velocidad. Iba a tomarla y salvarla. No dejaría que saltara y muriera. Porque la amaba. Era feliz estaba apunto de reír cuando él comenzó a andar de vuelta a casa. Moría. Había elegido dejarla caer. Todas las palabras de amor habían sido olvidadas.
En ese momento él escuchó un amargo sollozo. Un grito de desesperación que habría congelado el alma del mismo diablo. Y seguido el sonido de un cuerpo contra el agua enfurecida. Miró la rosa que tenía en la mano, se acercó de nuevo a la verja y la lanzó al agua. Conforme salía del puente susurró abatido: