Sobre el cielo nublado. (I)

Las nubes cubrieron el cielo durante todo noviembre. Tiñeron el azul de blanco y gris, privando a la ciudad de sombras. Las personas caminaban bajo aquella luz aseptica y clara, sobre un manto de hojas caídas que se extendía por todas las calles. Un murmuro de crujidos que parecía el lánguido quejido de la Tierra. Ese mes me di cuenta de que me había fusionado con esa melancolía preinvernal, ese sentimiento lúgubre que traen los días más cortos y las primeras ráfagas de aire frío.

El ambiente en mi casa había cambiado también. En verano había muerto mi abuela, con la que había vivido desde los tres años, e incluso cuando mis padres decidieron venir a vivir aquí y me obligaron a ir con ellos, seguí considerando su casa como la mía. Sabía cada secreto, cada mueble, cada figurita decorativa, qué contenían cada uno de sus armarios. Recuerdo el listón de madera que estaba suelto en el pasillo, la mesa redonda y desgastada con un quemazón en el extremo más cercano a la cocina, el visillo tejido a mano y un poco amarillento de la despensa. Ese era el único sitio que podía considerar hogar, pero cuando ella murió decidieron venderla.

El resto de verano me dediqué a pasearme por la ciudad sin ir a ningún sitio, muchas veces me perdía y aparecía en zonas que ni me sonaban, cuando no sabía volver montaba en cualquier autobús y tarde o temprano me llevaría a un lugar conocido. Otras veces iba al cementerio, me sentaba en el suelo frente a la tumba de mi abuela y dejaba que el tiempo muriese. En cierto modo el asfalto polvoriento, el olor a putrefacción mezclado con el de las flores frescas y los sollozos anónimos era el ambiente que más se asemejaba a mi estado de ánimo y por lo tanto el que más me gustaba. Que no recibiese ninguna visita era algo que me deprimía y al mismo tiempo me devolvía a nuestra vieja felicidad. Estábamos solos, ella y yo, y no había nadie más que fuera a buscarnos nunca.

Los días demasiado calurosos, en los que todo el mundo se agolpaba en la piscina, solía pasarlos en un pequeño café, en un barrio algo apartado de casas bajas. Allí leía durante horas sentado en sillones verdes con pinta de haber vivido mejores épocas y bebiendo a sorbos pequeños el té rojo. La dueña, Irma, una señora regordeta con acento del norte y el pelo pajizo, a veces se sentaba conmigo y hablábamos de música de los 50, recetas o poesía. Resultaba que tenía cierta facilidad para caerle bien a las señoras mayores. Esa inercia mía, unida a lo mucho que echaba de menos a mi abuela, me hacía encariñarme mucho con ellas. No solo con Irma, de vez en cuando alguna anciana solitaria se sentaba a mi lado, al principio hacía algún comentario sin mucho fuste, pero al ver que yo hablaba con ellas como si fuese su nieto se relajaban y volvían espontáneas y cariñosas, como son todas las abuelas.

Cuando llegó otoño, todos me conocían en el café. Me había hecho miembro de un "club de lectura", compuesto por siete ancianas, Irma y yo, que se reunía allí y así poder pasar más tiempo. Aunque Irma nunca me había dicho nada, ni tampoco me diría, era incapaz de estar casi todas las tardes ahí metido con un té y un par de bollos.Como ella era una fanática de la poesía francesa y el resto de ancianas podían leer poemas con tranquilidad en un día, la poesía era casi siempre el tema principal. A mi no era algo que me enloqueciese, pero me gustaba bastante más que cuando hacían lecturas de libros para amas de casa insatisfechas con sus vidas que solía ojear sin mucho interés. Aunque no pasase nada si no me los leyese, ya que ellas lo hacían muy lento y no les daba tiempo a acabar el libro a todas casi nunca, me sentía obligado a leer todo lo que dijeran, como si fueran a echarme del club y del café si no lo hiciese. Otras veces elegíamos cosas realmente interesantes, clásicos sobretodo, que de verdad me apasionaban.

Es patético, lo sé. Aún peor que patético, totalmente pervertido. He acabado convirtiéndome en una acosadora barata, y digo lo de barata porque ni si quiera puedo pagarme un taxi para montarme en él y gritar: "Siga a ese coche." Yo me veo limitada a quedarme en la acera viendo como se aleja de mi. Cada vez que se acerca a una parada de taxis se me para el corazón. Es como si lo agarrase y estrujara, para después montarse con él en las manos y yo veo su espalda erguida, descifro sus labios, noto como el conductor se siente atraído por una mujer de ese calibre, entonces arranca y ella gira unos instantes la cabeza. Me mira a través de sus gafas de sol, sus ojos reflejan miedo, excitación, morbo, pero quedan ocultos por las lentes tintadas. Su mirada ansiosa es un secreto que sólo ella y yo conocemos. El coche se aleja, ella sujeta con recelo mi corazón, nota cada latido en su palma, hasta que las venas se cortan y yo me quedo varada en la acera, pudriéndome bajo el sol un día más.