Insatisfacción.

El hombre, mientras pisaba uno de los trocitos de cerebro esparcidos por el suelo, calificó aquella nota de suicidio como demasiado extensa, insustancial y un aburrimiento soporífero.

Sobre el cielo nublado (II)


Era catorce de noviembre, un día igual a los catorce anteriores. Las nubles blancas se desplegaban sobre la ciudad como una cúpula celestial, las ramas de los árboles eran zarandeadas mientras las últimas hojas se aferraban como podían para aguantar un poco más al invierno que se volcaba sobre nosotros. Yo estaba sentado en la butaca verde, arrebujado en el abrigo de lana que me habían regalado las ancianas del "club de lectura" y solía llevar siempre. Miraba la masa blanquecina del cielo moverse con lentitud, notando como mis orejas enrojecidas casi ardían por el contraste del calor del local y el frío de fuera. Irma sirvió un té rojo humeante y un café con leche en una mesita de por lo menos la primera guerra mundial que estaba a mi lado y se dejó caer en la butaca de al lado. Un mechón de pelo rizado se le escapaba del moño y le caía por la cara.

-No debería decir esto, pero espero que no vengan muchos más clientes hoy. -Dijo entre resoplidos, cerrando los ojos e inclinando la cabeza hacia atrás.- ¿Qué es eso?

-Es... un libro de un señor asiático, no te gustaría. ¿Por qué dices eso, Nana? -Cuando cogimos confianza me dijo que prefería que la llamase Nana, como hacía todo el mundo, en vez de señora. Me quité la chaqueta y la coloqué sobre el libro, no quería que se aprendiese el nombre.

-Una va teniendo una edad, y puede que más un peso, como para pasarse diez horas de pie. Parece que los sueños no reparan en esas cosas. Cuando la abrí pensaba que me ayudarían a llevarla... pero no. A mi marido no le gusta ni si quiera la idea de que pase tanto tiempo fuera de casa, es un hombre antiguo, y mis hijos... Los mayores están estudiando y tienen su vida hecha, el único que parece dispuesto es Victor pero está en esa edad demasiado revolucionada como para pasarse horas con estas pobres viejas.

Cerró los ojos de nuevo y se quedó un rato en silencio, respirando el aroma de la bollería recién horneada, sintiendo en sus manos el calor de la taza. Se me había secado la garganta, me aterraba la idea de perder el único sitio en el que me sentía a gusto. No quería volver a quedarme solo, volver a pasarme los días como un vagabundo, volver a sentirme un extraterrestre al que hubiesen abandonado. Pensé en su marido, un hombre inglés barrigudo con una gran barba que hablaba muy mal español. Solo lo había visto una vez que vino a pedirle dinero. Vagabundeó entre las mesas mirando con recelo a todo hasta que apartó a Irma de la gente y pudo hablar con ella tranquilamente. Me recordó a animal vigilando todo antes de poder comer un poco. Pero cuando habló con ella su mirada cambió, la miraba con verdadera devoción como si estuviese tratando a una misma reina. En un principio creí que era un misógino más, pero cuando vi como la miraba entendí que realmente era un romántico y que odiaba la idea de que alguien pudiese robarle a su mujer. Estuvimos en silencio hasta que entró un cliente, ella lanzó un suspiro horroroso e intentó incorporarse cuando casi escupí las palabras.

-¿Y si lo atiendo yo? -Me miró muy fijamente no demasiado confiada de la idea.- Llevo aquí casi tres meses, prácticamente todas las tardes sin hacer nada más que escuchar que pasa a mi alrededor. Me se de memoria casi todos los precios, donde está cada cosa, como se trata a un cliente... Es más, conozco a prácticamente todos los clientes.  Hasta tú me enseñaste como preparar algunas cosas y a usar la cafetera una vez ¿Recuerdas? Me cuesta lo mismo estar aquí sentado que ahí de pie. Confía en mi, no te arrepentirás.

Me seguía mirando fijamente intentando elegir las palabras más conveniente. Entonces se inclinó, apuntó la combinación de la caja registradora en una servilleta y me la tendió diciéndome que estaba a prueba. El resto de la tarde entera me ocupé yo la tienda. Al principio Irma me miraba nerviosa cada vez que entraba alguien, pero en cuanto le llevé uno de los bollos rellenos de cabello de ángel y una anciana se sentó a hablar con ella pudo relajarse.

Cuando llegó la hora de cerrar me quedé ayudándola a limpiar, era lo mínimo que podía hacer después de que me hubiese dejado atender el café. Además no quería que ese día se acabase nunca. Me había sentido tan a gusto, sentí que ese era mi sitio, que era el lugar en el que debía estar, que podía encontrar al verdadero yo que estaba buscando y dejar de ser el chico raro. La única luz venía de una lampara de pie que hasta ese momento pensaba que era simplemente un adorno a juego con las butacas. Irma estaba contando el dinero de la caja mientras yo fregaba los vasos. Había empezado a nevar cuando cayó la noche y ya se podía apreciar el blanco en las aceras.

-¿Cómo es que hay tanto dinero?¿No les habrás cobrado demás a esas pobres mujeres? -Preguntó volviendo a contar la caja. Le dije que me habían dado muchas propinas y rompió a reír a carcajadas. Me tiró de las mejillas y dejó algo de dinero a mi lado.- El dinero de las propinas es para quien atiende, por el buen servicio, no para la tienda.

-Puedes quedártelo, Nana. No me interesa el dinero, la verdad.

-¡Válgame Dios bendito! Si te oyera tu madre. -Yo reí amargamente imaginando a mi madre diciendo que el dinero solo eran las cadenas del capitalismo y nos aleja de nuestra unión elemental con la naturaleza o cosas así mientras cultivaba sus geranios.- ¿Qué te parece si hacemos un trato? Se reconocer cuando algo está en su salsa y tú cariño estabas listo para ser presentado un crítico de cocina. Trabaja conmigo, no te puedo pagar mucho pero tienes barra libre más las propinas que ganas. Y si pregunta alguien decimos que eres mi hijo.