El mundo se cerró. La cremallera del cielo fue cosiendo la brecha que había entre las dos mitades hasta dejarlo todo en la más absoluta oscuridad. Siempre había pensado que no le gustaba su vida. Realmente se preguntaba si le gusta la vida, vivir en general. La veía como eterna carretera que iba hacia arriba , cada vez más empinada y se perdía en una fisura en el cielo. A ambos lados de la carretera únicamente había desierto, ni si quiera eso, sólo arena gris hasta donde alcanzaba la vista. Él iba andando por el asfalto arrastrando los pies y prometiéndose que cuando llegase arriba todo sería mucho más fácil. Entonces se dio cuenta de que hasta cuando solo hubiese bajada, sería tan abrupta que descender sería tan difícil como subir. El sabor metálico de su boca le daban ganas de vomitar, pero ya era tarde. Caía hacia abajo en el abismo. Casi sin notarlo, sus dedos apretaron el gatillo y la pared se llenó de confeti.
Un mundo de putas y borrachos abandonados de Dios. Donde viejas brujas predican su mala fe, drogadictos bailotean en busca de un lugar donde morir y los sentimientos valen por dinero. Cumbre del pecado y la depravación. Bienvenido a mi mundo de marfil.
Ámame (IV)
La música rock tronaba en sus oídos. Las palabras casi gritadas por el cantante amordazaban al mundo y lo golpeaban hasta dejarlo inconsciente, mudo, casi muerto. Sus pisadas iban siguiendo el compás, las hebillas de las botas se golpeaban entre ellas formando un sonido seco y rítmico. Ante él se elevaba aquella monstruosa mole, prácticamente bufándose. Había soñado toda su vida con ese momento, su cuerpo vibraba de emoción. Bajó del coche, abrió el maletero y dejó que el barrio se inundase con la música. En las casas, algunas personas se despertarían por el estruendo. Se moverían legañosos en la oscuridad hasta la ventana buscando a su dueño, sin embargo lo único que encontraría serían más caras mustias, adormiladas, enfurecidas buscando también. Y a la canción se le unirían gritos y ladridos. Improperios llenos de ira que otorgarían a ese momento el descontento generalizado que necesitaba.
Algunos se atreverían a salir de sus casas en bata, más enfurecidos que nunca. Mientras tanto Salem seguía observando a su adversario, inmóvil y tranquilo como siempre. Aquella estúpida iglesia debía caer, debería sumir en el caos al mundo. Desmoronar al público, suscitar enfados, invocar a las lágrimas. El débil techo del coche se hundió ligeramente cuando se subió en él. Salem mostró sus afilados dientes e hizo una amplia reverencia a la masa iracunda que lo había rodeado.
Tres...Dos...Uno...
El párroco arrodillado ante el altar rezaba a Dios pidiéndole perdón por todos sus pecados. Su vida de inmoralidad llegaba a su fin, había sido una buena vida pero aquel maldito muchacho lo había arruinado todo. Pese a estar en al final del túnel no se llegaba a arrepentir de todo, sabía perfectamente que si aquel chico no lo hubiese descubierto habría seguido haciéndolo hasta su muerte, aunque jamás había pensado en una muerte pacífica. Estaba claro que lo acabaría descubriendo y él debería finalizar con su vida si no lo hacía algún padre. ¿Aceptaría Dios esto como perdón?¿Le serviría un arrepentimiento al final? Desde que la música inundó su morada había empezado a rezar sin pensar nada más que en los textos sagrados.
La primera explosión se dio en la cabeza del gigantesco Jesucristo crucificado. Ésta se hizo añicos, la pared y los clavos también se destruyeron, dejando caer la cruz sobre el altar. La onda expansiva fue destrozando las vidrieras, los cristales de colores volaron en todas las direcciones alcanzando a todo en su radio. La campana repicaba enloquecida. La dos siguientes explosiones se produjeron medio minuto más tarde. El techo quedó destruido en seguida. Las piedras cayeron en el interior de la iglesia rompiendo los bancos y figuras. El campanario comenzó a inclinarse lentamente y antes de que cayera del todo acometieron las últimas explosiones destruyendo hasta el último tabique que osase mantenerse.
El populacho se sumió en un caos absoluto. La gente huía pavorizada, otros intentaban luchar a contracorriente para atacar al terrorista. En cualquier caso, el movimiento se vio nulo. Los que se habían quedado salían fuera para ver que ocurría, los coches acudían también a la escena. En pocos segundo la calle se vio llena, un mar de vehículos, cabezas, piedras y fuego que aprisionaban a todos. Salem se erguía como un monumento ante las llamas, sobresalía su figura abierta de brazos. Al igual que cura, él encomendaba su alma a los dioses que pudiesen existir.
Nadie podría saber de donde vino el primer disparo, ni de donde los siguientes, o si realmente le dieron. Algunos vieron exactamente como caía acribillado por las balas, otros lo vieron mantenerse en pie hasta que las piedras cayeron sobre él. Los más creyentes vieron al diablo reflejado en sus ojos y escapando cuando coche explotó. Pero todos, asegurarían que aquel chiquillo era un asesino mortal, que en sus ojos se reflejaba el mal, que la edad, las ideologías y la música contribuían a su enfermedad mental. Que aquel ser inmoral era un enviado de Satanás y el pobre párroco su víctima inocente.
Algunos se atreverían a salir de sus casas en bata, más enfurecidos que nunca. Mientras tanto Salem seguía observando a su adversario, inmóvil y tranquilo como siempre. Aquella estúpida iglesia debía caer, debería sumir en el caos al mundo. Desmoronar al público, suscitar enfados, invocar a las lágrimas. El débil techo del coche se hundió ligeramente cuando se subió en él. Salem mostró sus afilados dientes e hizo una amplia reverencia a la masa iracunda que lo había rodeado.
Tres...Dos...Uno...
El párroco arrodillado ante el altar rezaba a Dios pidiéndole perdón por todos sus pecados. Su vida de inmoralidad llegaba a su fin, había sido una buena vida pero aquel maldito muchacho lo había arruinado todo. Pese a estar en al final del túnel no se llegaba a arrepentir de todo, sabía perfectamente que si aquel chico no lo hubiese descubierto habría seguido haciéndolo hasta su muerte, aunque jamás había pensado en una muerte pacífica. Estaba claro que lo acabaría descubriendo y él debería finalizar con su vida si no lo hacía algún padre. ¿Aceptaría Dios esto como perdón?¿Le serviría un arrepentimiento al final? Desde que la música inundó su morada había empezado a rezar sin pensar nada más que en los textos sagrados.
La primera explosión se dio en la cabeza del gigantesco Jesucristo crucificado. Ésta se hizo añicos, la pared y los clavos también se destruyeron, dejando caer la cruz sobre el altar. La onda expansiva fue destrozando las vidrieras, los cristales de colores volaron en todas las direcciones alcanzando a todo en su radio. La campana repicaba enloquecida. La dos siguientes explosiones se produjeron medio minuto más tarde. El techo quedó destruido en seguida. Las piedras cayeron en el interior de la iglesia rompiendo los bancos y figuras. El campanario comenzó a inclinarse lentamente y antes de que cayera del todo acometieron las últimas explosiones destruyendo hasta el último tabique que osase mantenerse.
El populacho se sumió en un caos absoluto. La gente huía pavorizada, otros intentaban luchar a contracorriente para atacar al terrorista. En cualquier caso, el movimiento se vio nulo. Los que se habían quedado salían fuera para ver que ocurría, los coches acudían también a la escena. En pocos segundo la calle se vio llena, un mar de vehículos, cabezas, piedras y fuego que aprisionaban a todos. Salem se erguía como un monumento ante las llamas, sobresalía su figura abierta de brazos. Al igual que cura, él encomendaba su alma a los dioses que pudiesen existir.
Nadie podría saber de donde vino el primer disparo, ni de donde los siguientes, o si realmente le dieron. Algunos vieron exactamente como caía acribillado por las balas, otros lo vieron mantenerse en pie hasta que las piedras cayeron sobre él. Los más creyentes vieron al diablo reflejado en sus ojos y escapando cuando coche explotó. Pero todos, asegurarían que aquel chiquillo era un asesino mortal, que en sus ojos se reflejaba el mal, que la edad, las ideologías y la música contribuían a su enfermedad mental. Que aquel ser inmoral era un enviado de Satanás y el pobre párroco su víctima inocente.
Euforia.
Una de sus posibles definiciones es estado de ánimo propenso al optimismo.
Él lo definía como ganas de gritar al mundo que todo era jodidamente perfecto.
Él lo definía como ganas de gritar al mundo que todo era jodidamente perfecto.
Paso de poner título. Lo de Pierre y va que chuta.
Después de teclear por enésima vez la frase inicial de aquel artículo, Pierre desistió y pateó la mesa. Si lo pensaba, echaba de menos aquellos grandes CPUs que podía golpear hasta cansarse sin que se rompiesen. Ahora con las nuevas tecnologías y aquel ordenadorcito de mierda tenía que partirse el pie contra la pata de madera de una mesa cada vez más inestable. Podía ser que Pierre Dupont no tuviese paciencia alguna, también que cada vez que se bloqueaba estallaba en un ataque de rabia descontrolada y que, por regla general, se bloquease a menudo. Pero él se limitaba a pensar que simplemente se había equivocado de trabajo. Escribir aquellas columnas de mierda para ese periódico de mierda le estaba consumiendo la vida casi tan rápido como él se fumaba los paquetes de tabaco ante el documento word en blanco. Deseaba mandar a toda esa panda de gilipollas conservadores a tomar por culo, escribir un buen artículo poniéndolos a parir, dejando claro como la mayoría de los ciudadanos de ese puto país se dejan camelar por unos señores que pensaban que la mujer no debía salir de la cocina.
Echó mano al paquete de Malboro, miró con incredulidad que estaba vacío, insultó a la nada, se cagó unas cuantas veces en los muertos de unos cuantos y bajó a por otro paquete. La verdad, trabaja por trabajar. En momentos de crisis te agarras a un clavo ardiendo, pero aquel puto trabajo lo estaba matando. ¿Y para qué? Para una mierda de salario que se iba alegremente en tabaco. Tener que aguantar a esos gilipollas un día tras otro, con las mismas mierdas en la cabeza. A menudo se preguntaba si no serían copias de otros de señores que vivieron el medievo, entonces se metía a wikipedia y empezaba a ver retratos de esa época. Así perdía el tiempo en la oficina, mucho mejor que intentar escribir, sulfurarse y abrirle el cráneo al misógino de turno.
Pierre se quedó mirando su reflejo en un espejo de la tienda. Aquella esfera le devolvía la imagen de un hombre con la cara delgada y demacrada, con una incipiente barba que le daba aspecto de cabrón, con unos ojos vacuos y carentes de emoción. No, no podía ser él. Aquel tío que se reflejaba, una especie de hombre desalmado y sádico, definitivamente no podía ser él. Se palpó la cara con cuidado, asustado, casi temblando, pensando en cuántos años tenía. Claro, ¿que esperaba haber visto? Aquel chaval juguetón y sobrado con chupa de cuero que había sido hace diez años. No, obviamente, ahora era un tío de treinta años, que trabajaba para un periódico conservador, que vivía solo en otro país, que fumaba como un carretero, que había traicionado su ética por unos cuantos euros. La realidad, una realidad tangible y destructora, cayó sobre él. Una realidad que lo traía de vuelta a un infierno peor del que ya vivía.
Al final se marchó de la tienda sin comprar nada. Deambuló por las calles hasta llegar al parque y se dejó caer en el banco más solitario que encontró. Con las pintas que llevaba y su suerte lo confundirían con un violador si se acerba a alguien.
-¿Qué ha sido de ti, capullo? -Le decía su yo del pasado lleno de ira.- Mirate, viejo y asqueroso. Incapaz de correr una vuelta alrededor del parque. Tío, has jodido todo. ¿Ahora que coño se supone que vas a hacer?¿Ponerte a llorar como el buen maricón que eres? Oh, espera ¿Saben eso tus compis de curro? Que te encanta chupar pollas en garitos perdidos. No, que va, que van a saber esos capullos. Te has vendido a este puto sistema. ¿Dónde ha acabado todo lo que yo soy? Y no me vengas con las mierdas de que has madurado. Eres un puto vendido. Incluso votarás a los conservadores. ¿Qué ha pasado con todo nuestro orgullo, con nuestro sentimiento antisistema, con nuestras ilusiones?¿Y nuestra bandera, Pierre, cómo has podido tirarla?
Aquel Pierre del pasado se desvaneció con el soplido del aire. Dejó su olor a gomina y sus palabras se fueron transformando en el trinar de los pájaros. Su mente se transportó a un pasado turbio, un pasado con moratones de los que presumir, un pasado en el que todavía pensaba que podía cambiar el mundo. Se vio a si mismo el día del orgullo gay, con los diecinueve recién cumplidos, gritando como un jodido loco. Aquel día se llevó más de un golpe, incluso un hueso roto, pero no le importó. Estaba haciendo lo que más le gustaba, luchaba por sus derechos, criticaba, participaba, cambiaba el mundo. Por esas ideas estudió periodismo, y ahora...ahora se había vendido al enemigo.
-¿Te duele mucho? -Le preguntaba Jacques con una cara de terror.
-No me duele nada, tranquilo. Debe ser por el subidón o por lo que sea, pero hoy soy invencible ¿Me oyes? ¡Invencible! Soy como Batman pero fuera del armario y sin tanta pasta.
Jacques estrechó a Pierre con amor entre sus brazos. Estaban en medio de la concentración, tapados los dos por una bandera que no sabían de donde había salido. A Pierre le sangraba un poco el codo y eso era suficiente para que el rubio se preocupase. Jacques apretó más al muchacho, lo estrujó queriendo que se fundiesen un único ser, deseando que aquel chico nunca se escapara de sus brazos. Durante mucho tiempo se mantuvieron así, entre aquel jaleo estridente, abrazados en silencio, aspirando el aroma del sudor que emanaba cada uno, besándose de vez en cuando, pasando los dedos por sus espaldas, jugueteando con el pelo del otro. Era el momento perfecto, en el lugar perfecto, con la persona perfecta. El paraíso para ambos.
Ahora la escena era diferente. No recordaba donde estaba aquel sitio, ni como habían llegado, pero ahí estaban. La bandera se encontraba puesta como una toalla, los dos muchachos estaban tumbados el uno al lado del otro muy juntos para poder caber bien. Pierre acariciaba la mejilla del rubio que sonría como un imbécil. Ambos estaban agotados, empapados en sudor, con algún que otro moratón y un dolor cada vez más fuerte. Pero había sido un día idílico y querían acabarlo como llevaban deseando desde hacía ya tiempo.
La mano de Jacques se deslizó por dentro de la camiseta de su compañero. Sus dedos juguetones bailaron por los abdominales de Pierre, estaban ahí aunque no se marcasen demasiado. Después siguieron ascendiendo mientras serpenteaban hasta alcanzar un pezón. Pierre dio un pequeño respingo al notar el primer pellizco, sin embargo aquello empezó a mutar y volverse placentero. Él era más torpe, sus manos se movieron con timidez hasta el apretado bulto del pantalón de Jacques. Sonrojado, notando su penetrante mirada, empezó a estimularlo con los dedos.
El rubio dijo algo que no alcanzó a entender. Al verlo quitarse la camiseta lo imitó, quedándose desnudo. Jacques se rió de él. «¿Qué vas a hacer si viene alguien?» Pero no le dejó volver a vestirse. Antes de que pudiese hacer nada, Pierre se vio inmovilizado bajo aquel Adonis, que lo besaba por todas partes. Mientras, él se limitaba gimotear con los ojos entrecerrados, pensando en que le iba a explotar de lo dura que la tenia.
La imagen se cortaba ahí, su mente no le permitía recordar lo sucesivo de aquel día. Sabía que acabaron haciéndolo, sin embargo no llegaba a ver las escenas, únicamente un enorme vacío. Los recuerdos se apelotonaron en su cabeza, después de tanto tiempo sometidos en las tinieblas de su subconsciente cuando vieron un poco de luz todos se abalanzaron. Pierre se encontraba solo en su casa, estaba tumbado en el sofá mirando unos pájaros que jugaban en las ramas de un árbol. La televisión parloteaba algo, se le unían los murmullos clásicos de la calle. El calor sofocante del verano le hacía desear con toda su alma que llegasen otra vez las lluvias y nevadas. Harto, se acercó a la ventana y contempló el espectáculo que el mundo, vestido con boa de plumas y medias de rejilla, le ofrecía.
Su madre hizo acto de presencia. Se sentó en el sofá, tosió un par de veces y se arregló la falda de tubo granate. Pese al extremo calor ella llevaba una rebeca de lana y tenía aspecto de estar a punto a tiritar. Llevó sus manos con un gesto maniático hacia las perlas que colgaban de su cuello y comenzó a sobarlas. Miró a su hijo como si mirara a un sucio vagabundo que le había tocado y dijo con un falso tono dramático: «Pierre...Oh...Pierre...¿Qué he hecho mal?» El chico al oír aquello volvió la vista a la calle, la temperatura le pareció descender hasta el bajo cero, el mundo se volvió turbio y los sucesos, tal y como había esperado, ocurrieron con tremenda ferocidad. Pierre recordaba a su madre cortando su llanto como si hubieran cerrado el grifo, también trozos sueltos de esa discusión, de lo afiladas que eran las uñas de esa maldita mujer, de la piel roja y palpitante, de las perlas rodando por el suelo, esparciéndose por la cerámica negra como si acabase de tener lugar el big bang.
Aquel mismo día cuando abrió la puerta y lo vio sangrando, a Jacques prácticamente le dio un infarto, tuvo que ser el propio Pierre quien lo cuidase. Después el rubio lo acarició y besó durante horas demostrándole su eterna gratitud. Recordaba con extrema viveza aquel juego. Estaban sobre una cama de matrimonio, desnudos y abrazados. Pierre descansaba sobre los muslos de Jacques abrazándolo con sus piernas. Le dibujaba cosas en la espalda y el otro debía adivinar que eran.
-Mmmh, Es...¿qué es eso?
-Es cosa tuya adivinarlo, que gracia tendría si no.
-Un...¿perro?
-¿Un perro?
-Sí, yo que sé. -Jacques rió acalorado con una creciente erección.- Tus dotes artísticas son inexistentes.
Pierre infló los mofletes «Era un conejito.» Balbuceó con tono infantil y acto seguido estaba encima de Jacques, cubriendo su cuerpo de besos. Su lengua juguetona se deslizaba por el torso como si estuviese patinando. Recordaba con asombrosa claridad el deseo de esos besos descontrolados, el ansia con la que devoraba cada milímetro de su cuerpo. A día de hoy, aún era Jacques el hombre de sus sueños, con el querría pasar su vida, el único que le hizo vivir.
Sin embargo, aquella imagen se truncó sin aviso. Se vio a si mismo tirado en el suelo de su cuarto, envuelto con la bandera y sollozando en silencio. Como siempre, aunque sintiese la mayor pena del mundo, era incapaz de llorar sin reprimirse con todas sus fuerzas y odiarse después por ello. En su cabeza rebotaban de un lado a otro las preguntas, se paseaban desnudas con descaro, sin pudor o respuesta alguna. Recordó que acababa de descubrir que Jacques había desaparecido. La única viga que mantenía su vida acababa de quebrarse.
La oscuridad había engullido la imagen de Jacques y en cuestión de horas Pierre era incapaz de recordar bien su cara. Simplemente de un día para otro desapareció, se esfumó sin más. Ahora encontrarlo sería fácil, bastaría con poner su nombre en google y allí lo tendría, podría lanzarle todas esas preguntas que habían establecido campamento en su cráneo Pero no lo haría, claro que no, si Jacques se había ido habría tenido su motivo. Quizás se habría aburrido de él, o ya no lo querría, o a lo mejor había encontrado a otra persona. Incluso era posible que los hubiesen separado. Esa era su opción favorita, un amor impedido por unos padres crueles y despiadados, Jacques lo seguía amando pero era imposible. Había miles de versiones de esa historia, cada noche se tumbaba en la cama, se arropaba con la bandera y transportado por su olor imaginaba porqué se había marchado, que pasaría si se volviesen a ver, o si nunca se hubiese ido, imaginaba como hubiese sido vivir juntos, comprar una casa o incluso conseguir un hijo. Millones de historias que despertaban a las preguntas, que atraían lágrimas a sus ojos y dolores a su corazón, hasta que finalmente, agotado, se dormía y las preguntas seguían en los sueños.
Pierre abrió los ojos y se encontró en un mundo diferente al que había horas antes. Un mundo más cruel, más pesado, más borroso. El paso de los años se hizo presente, se sintió flácido y cansado. «¿Qué hice después?» se preguntaba, aunque su mente se veía reacia a contestarle Únicamente le dejó vislumbrar fotografías descoloridas y mohosas. Él metiendo todos sus libros en una maleta. Él en el autobús destino a Madrid mirando a un hombre parecido a Jacques. Su nueva casa vacía. La carta en la que negaban la publicación del libro. La cara de su jefe cuando censuraba sus artículos. Una mamada anónima en un baño cualquiera. Nada de vital importancia, desde que dejó Francia se había dedicado a dejar pasar los días en una ausencia completa de 'algo', nada más que vacío. Y a pesar de todo, no pensaba en ella con esa melancolía típica al lugar de tu infancia. Para él, Francia, no era más que el escenario donde sucedieron los hechos del pasado, en ningún caso representaba un hogar al que poder regresar.
Los recuerdos lo habían devastado. Aquel fantasma del pasado le había escupido más de una verdad. ¿Qué había sido de aquel espíritu inconformista? El Pierre adolescente hubiese hecho la vida imposible a sus jefes. Notaba su vida consumiéndose, se escurría como agua entre sus dedos sin dejar rastro alguno. El paso de los días habían arrastrado y erosionado lo que era su vida. Fumar, escribir, dormir. Ese era el resumen de todo. Se hundía en un mar de petróleo, a la espera de encender otro cigarrillo y arder.
No podía seguir así, urgía un cambio. Ni si quiera un cambio, una revolución. Quien sabía, quizás comprarse un perro enorme como siempre había querido, o mandar a los capullos de su trabajo a la mierda, hacerle un calvo al retrato de la virgen que colgaba en la oficina, dejar de fumar, incluso podría intentar publicar alguna de sus novelas. Esas historias mudas que se pudrían en las tinieblas del pendrive. Sí, todo aquello sonaba genial, hasta podría encontrar al amor. Hacía tiempo que sus sentimientos se había extinguido, que no era capaz de ser feliz, alegre o enamorarse, únicamente lograba sentir esa ira homicida cada vez que se bloqueaba. Conocer gente le vendría bien, un cambio de aires, mudarse Suiza o Canadá. Recuperar un lívido que llevaba años muertos, sepultado por enormes cantidades de nicotina.
Pero a quien quería engañar. Todas esas cosas eran utópicas. Unos imposibles que jamás iba a cumplir ni a atreverse. Estaba confuso, en un atolladero, al borde de desmoronarse y dejarse caer en el abismo.
-¿Tú también quieres dejarlo? Tienes esa mira de «Esta mierda me está matando.» tan característica de los adictos a esta basura.
Un hombre se dejó caer a su lado en el banco, miraba el cigarrillo que tenía entre los dedos con cara de asco. Lo encendió, le dio una calada, reclinó la cabeza y lanzó el humo al cielo.
-Yo lo he intentado un cojón de veces, pero siempre acaban jodiéndote hasta que chupar el filtro es la única salida. Cuando fumas solo está eso; fumar. Darle una calada y que toda la mierda del día se disipe como el humo. Se consumen tus problemas. No hay trabajo mal pagado, no hay jefes cabrones, no hay hipoteca, no hay corrupción, no hay nada. Solo eso, un filtro que chupar. Y lo peor es que ni si quiera te dejan quejarte. «Tienes que agradecer tener trabajo» y una mierda, eso ni si quiera se puede considerar trabajo.
Pierre se quedó mirando a su compañero, se sintió a gusto al lado de aquel hombre que compartía sus problemas. El desconocido también lo escrutó, su silencioso amigo le recordaba a un Hugh Laurie joven en cierto modo. Pierre miró la pulsera del hombre, estaba hecha de conchas y cuero, de estas playeras, se notaba que le llevaba desde hacía bastante tiempo.
-Te has fijado en ella ¿Verdad? Ya se que no me pega nada, pero soy un fanático de Queer as folk, que se le va a hacer.
-La he visto entera. -Musitó y su voz le sonó desconocida. El hombre a su lado esbozó una amplia sonrisa y por primera vez desde hacía mucho tiempo, Pierre sonrió con sinceridad.
Un golden retriever blanco descansaba al lado de la puerta, esperando a que su jodido amo se dignase a abrirle y así poder poner su mejor cara de «Tío, me has abandonado» para ser recompensado con comida. Hasta entonces, no le quedaba otra que esperar. Dentro de la habitación bañada por la luz amarilla del amanecer se encontraban dos hombres desnudos y abrazados.
-Umh...es...es...eeeeeeeh....¿Una polla?
-¡Es imposible jugar contigo! Siempre ves pollas.
-¡Es lo que parece que dibujas! Entre que tus dotes artísticas son nulas y tu cosita no para de azotarme el estómago no hay Dios que se concentre.
-Oh, disculpadme Miguel Ángel, había olvidado que usted es un gran artista.
-Entiéndeme, tú eres de arte abstracto y yo de
-Pollas.
Bastian mordisqueó el hombro de Pierre a modo de reprimenda, puso su cara de «Te vas a cagar» y se lanzó hacia la puerta. Pierre intentó detenerlo, pero fue imposible, para cuando quiso reaccionar tenía al canadiense y al perro asomando sus ojillos por el borde de la cama. Aquellos dos habían hecho demasiadas buenas migas. Suspiró, cogió un cigarrillo y murmuró entre dientes mientras lo encendía:
-Está bien, enseguida os doy de comer.
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