La música rock tronaba en sus oídos. Las palabras casi gritadas por el cantante amordazaban al mundo y lo golpeaban hasta dejarlo inconsciente, mudo, casi muerto. Sus pisadas iban siguiendo el compás, las hebillas de las botas se golpeaban entre ellas formando un sonido seco y rítmico. Ante él se elevaba aquella monstruosa mole, prácticamente bufándose. Había soñado toda su vida con ese momento, su cuerpo vibraba de emoción. Bajó del coche, abrió el maletero y dejó que el barrio se inundase con la música. En las casas, algunas personas se despertarían por el estruendo. Se moverían legañosos en la oscuridad hasta la ventana buscando a su dueño, sin embargo lo único que encontraría serían más caras mustias, adormiladas, enfurecidas buscando también. Y a la canción se le unirían gritos y ladridos. Improperios llenos de ira que otorgarían a ese momento el descontento generalizado que necesitaba.
Algunos se atreverían a salir de sus casas en bata, más enfurecidos que nunca. Mientras tanto Salem seguía observando a su adversario, inmóvil y tranquilo como siempre. Aquella estúpida iglesia debía caer, debería sumir en el caos al mundo. Desmoronar al público, suscitar enfados, invocar a las lágrimas. El débil techo del coche se hundió ligeramente cuando se subió en él. Salem mostró sus afilados dientes e hizo una amplia reverencia a la masa iracunda que lo había rodeado.
Tres...Dos...Uno...
El párroco arrodillado ante el altar rezaba a Dios pidiéndole perdón por todos sus pecados. Su vida de inmoralidad llegaba a su fin, había sido una buena vida pero aquel maldito muchacho lo había arruinado todo. Pese a estar en al final del túnel no se llegaba a arrepentir de todo, sabía perfectamente que si aquel chico no lo hubiese descubierto habría seguido haciéndolo hasta su muerte, aunque jamás había pensado en una muerte pacífica. Estaba claro que lo acabaría descubriendo y él debería finalizar con su vida si no lo hacía algún padre. ¿Aceptaría Dios esto como perdón?¿Le serviría un arrepentimiento al final? Desde que la música inundó su morada había empezado a rezar sin pensar nada más que en los textos sagrados.
La primera explosión se dio en la cabeza del gigantesco Jesucristo crucificado. Ésta se hizo añicos, la pared y los clavos también se destruyeron, dejando caer la cruz sobre el altar. La onda expansiva fue destrozando las vidrieras, los cristales de colores volaron en todas las direcciones alcanzando a todo en su radio. La campana repicaba enloquecida. La dos siguientes explosiones se produjeron medio minuto más tarde. El techo quedó destruido en seguida. Las piedras cayeron en el interior de la iglesia rompiendo los bancos y figuras. El campanario comenzó a inclinarse lentamente y antes de que cayera del todo acometieron las últimas explosiones destruyendo hasta el último tabique que osase mantenerse.
El populacho se sumió en un caos absoluto. La gente huía pavorizada, otros intentaban luchar a contracorriente para atacar al terrorista. En cualquier caso, el movimiento se vio nulo. Los que se habían quedado salían fuera para ver que ocurría, los coches acudían también a la escena. En pocos segundo la calle se vio llena, un mar de vehículos, cabezas, piedras y fuego que aprisionaban a todos. Salem se erguía como un monumento ante las llamas, sobresalía su figura abierta de brazos. Al igual que cura, él encomendaba su alma a los dioses que pudiesen existir.
Nadie podría saber de donde vino el primer disparo, ni de donde los siguientes, o si realmente le dieron. Algunos vieron exactamente como caía acribillado por las balas, otros lo vieron mantenerse en pie hasta que las piedras cayeron sobre él. Los más creyentes vieron al diablo reflejado en sus ojos y escapando cuando coche explotó. Pero todos, asegurarían que aquel chiquillo era un asesino mortal, que en sus ojos se reflejaba el mal, que la edad, las ideologías y la música contribuían a su enfermedad mental. Que aquel ser inmoral era un enviado de Satanás y el pobre párroco su víctima inocente.