Un mundo de putas y borrachos abandonados de Dios. Donde viejas brujas predican su mala fe, drogadictos bailotean en busca de un lugar donde morir y los sentimientos valen por dinero. Cumbre del pecado y la depravación. Bienvenido a mi mundo de marfil.
Insatisfacción.
El hombre, mientras pisaba uno de los trocitos de cerebro esparcidos por el suelo, calificó aquella nota de suicidio como demasiado extensa, insustancial y un aburrimiento soporífero.
Sobre el cielo nublado (II)
Era catorce de noviembre, un día igual a los catorce anteriores. Las nubles blancas se desplegaban sobre la ciudad como una cúpula celestial, las ramas de los árboles eran zarandeadas mientras las últimas hojas se aferraban como podían para aguantar un poco más al invierno que se volcaba sobre nosotros. Yo estaba sentado en la butaca verde, arrebujado en el abrigo de lana que me habían regalado las ancianas del "club de lectura" y solía llevar siempre. Miraba la masa blanquecina del cielo moverse con lentitud, notando como mis orejas enrojecidas casi ardían por el contraste del calor del local y el frío de fuera. Irma sirvió un té rojo humeante y un café con leche en una mesita de por lo menos la primera guerra mundial que estaba a mi lado y se dejó caer en la butaca de al lado. Un mechón de pelo rizado se le escapaba del moño y le caía por la cara.
-No debería decir esto, pero espero que no vengan muchos más clientes hoy. -Dijo entre resoplidos, cerrando los ojos e inclinando la cabeza hacia atrás.- ¿Qué es eso?
-Es... un libro de un señor asiático, no te gustaría. ¿Por qué dices eso, Nana? -Cuando cogimos confianza me dijo que prefería que la llamase Nana, como hacía todo el mundo, en vez de señora. Me quité la chaqueta y la coloqué sobre el libro, no quería que se aprendiese el nombre.
-Una va teniendo una edad, y puede que más un peso, como para pasarse diez horas de pie. Parece que los sueños no reparan en esas cosas. Cuando la abrí pensaba que me ayudarían a llevarla... pero no. A mi marido no le gusta ni si quiera la idea de que pase tanto tiempo fuera de casa, es un hombre antiguo, y mis hijos... Los mayores están estudiando y tienen su vida hecha, el único que parece dispuesto es Victor pero está en esa edad demasiado revolucionada como para pasarse horas con estas pobres viejas.
Cerró los ojos de nuevo y se quedó un rato en silencio, respirando el aroma de la bollería recién horneada, sintiendo en sus manos el calor de la taza. Se me había secado la garganta, me aterraba la idea de perder el único sitio en el que me sentía a gusto. No quería volver a quedarme solo, volver a pasarme los días como un vagabundo, volver a sentirme un extraterrestre al que hubiesen abandonado. Pensé en su marido, un hombre inglés barrigudo con una gran barba que hablaba muy mal español. Solo lo había visto una vez que vino a pedirle dinero. Vagabundeó entre las mesas mirando con recelo a todo hasta que apartó a Irma de la gente y pudo hablar con ella tranquilamente. Me recordó a animal vigilando todo antes de poder comer un poco. Pero cuando habló con ella su mirada cambió, la miraba con verdadera devoción como si estuviese tratando a una misma reina. En un principio creí que era un misógino más, pero cuando vi como la miraba entendí que realmente era un romántico y que odiaba la idea de que alguien pudiese robarle a su mujer. Estuvimos en silencio hasta que entró un cliente, ella lanzó un suspiro horroroso e intentó incorporarse cuando casi escupí las palabras.
-¿Y si lo atiendo yo? -Me miró muy fijamente no demasiado confiada de la idea.- Llevo aquí casi tres meses, prácticamente todas las tardes sin hacer nada más que escuchar que pasa a mi alrededor. Me se de memoria casi todos los precios, donde está cada cosa, como se trata a un cliente... Es más, conozco a prácticamente todos los clientes. Hasta tú me enseñaste como preparar algunas cosas y a usar la cafetera una vez ¿Recuerdas? Me cuesta lo mismo estar aquí sentado que ahí de pie. Confía en mi, no te arrepentirás.
Me seguía mirando fijamente intentando elegir las palabras más conveniente. Entonces se inclinó, apuntó la combinación de la caja registradora en una servilleta y me la tendió diciéndome que estaba a prueba. El resto de la tarde entera me ocupé yo la tienda. Al principio Irma me miraba nerviosa cada vez que entraba alguien, pero en cuanto le llevé uno de los bollos rellenos de cabello de ángel y una anciana se sentó a hablar con ella pudo relajarse.
Cuando llegó la hora de cerrar me quedé ayudándola a limpiar, era lo mínimo que podía hacer después de que me hubiese dejado atender el café. Además no quería que ese día se acabase nunca. Me había sentido tan a gusto, sentí que ese era mi sitio, que era el lugar en el que debía estar, que podía encontrar al verdadero yo que estaba buscando y dejar de ser el chico raro. La única luz venía de una lampara de pie que hasta ese momento pensaba que era simplemente un adorno a juego con las butacas. Irma estaba contando el dinero de la caja mientras yo fregaba los vasos. Había empezado a nevar cuando cayó la noche y ya se podía apreciar el blanco en las aceras.
-¿Cómo es que hay tanto dinero?¿No les habrás cobrado demás a esas pobres mujeres? -Preguntó volviendo a contar la caja. Le dije que me habían dado muchas propinas y rompió a reír a carcajadas. Me tiró de las mejillas y dejó algo de dinero a mi lado.- El dinero de las propinas es para quien atiende, por el buen servicio, no para la tienda.
-Puedes quedártelo, Nana. No me interesa el dinero, la verdad.
-¡Válgame Dios bendito! Si te oyera tu madre. -Yo reí amargamente imaginando a mi madre diciendo que el dinero solo eran las cadenas del capitalismo y nos aleja de nuestra unión elemental con la naturaleza o cosas así mientras cultivaba sus geranios.- ¿Qué te parece si hacemos un trato? Se reconocer cuando algo está en su salsa y tú cariño estabas listo para ser presentado un crítico de cocina. Trabaja conmigo, no te puedo pagar mucho pero tienes barra libre más las propinas que ganas. Y si pregunta alguien decimos que eres mi hijo.
Sobre el cielo nublado. (I)
Las nubes cubrieron el cielo durante todo noviembre. Tiñeron el azul de blanco y gris, privando a la ciudad de sombras. Las personas caminaban bajo aquella luz aseptica y clara, sobre un manto de hojas caídas que se extendía por todas las calles. Un murmuro de crujidos que parecía el lánguido quejido de la Tierra. Ese mes me di cuenta de que me había fusionado con esa melancolía preinvernal, ese sentimiento lúgubre que traen los días más cortos y las primeras ráfagas de aire frío.
El ambiente en mi casa había cambiado también. En verano había muerto mi abuela, con la que había vivido desde los tres años, e incluso cuando mis padres decidieron venir a vivir aquí y me obligaron a ir con ellos, seguí considerando su casa como la mía. Sabía cada secreto, cada mueble, cada figurita decorativa, qué contenían cada uno de sus armarios. Recuerdo el listón de madera que estaba suelto en el pasillo, la mesa redonda y desgastada con un quemazón en el extremo más cercano a la cocina, el visillo tejido a mano y un poco amarillento de la despensa. Ese era el único sitio que podía considerar hogar, pero cuando ella murió decidieron venderla.
El resto de verano me dediqué a pasearme por la ciudad sin ir a ningún sitio, muchas veces me perdía y aparecía en zonas que ni me sonaban, cuando no sabía volver montaba en cualquier autobús y tarde o temprano me llevaría a un lugar conocido. Otras veces iba al cementerio, me sentaba en el suelo frente a la tumba de mi abuela y dejaba que el tiempo muriese. En cierto modo el asfalto polvoriento, el olor a putrefacción mezclado con el de las flores frescas y los sollozos anónimos era el ambiente que más se asemejaba a mi estado de ánimo y por lo tanto el que más me gustaba. Que no recibiese ninguna visita era algo que me deprimía y al mismo tiempo me devolvía a nuestra vieja felicidad. Estábamos solos, ella y yo, y no había nadie más que fuera a buscarnos nunca.
Los días demasiado calurosos, en los que todo el mundo se agolpaba en la piscina, solía pasarlos en un pequeño café, en un barrio algo apartado de casas bajas. Allí leía durante horas sentado en sillones verdes con pinta de haber vivido mejores épocas y bebiendo a sorbos pequeños el té rojo. La dueña, Irma, una señora regordeta con acento del norte y el pelo pajizo, a veces se sentaba conmigo y hablábamos de música de los 50, recetas o poesía. Resultaba que tenía cierta facilidad para caerle bien a las señoras mayores. Esa inercia mía, unida a lo mucho que echaba de menos a mi abuela, me hacía encariñarme mucho con ellas. No solo con Irma, de vez en cuando alguna anciana solitaria se sentaba a mi lado, al principio hacía algún comentario sin mucho fuste, pero al ver que yo hablaba con ellas como si fuese su nieto se relajaban y volvían espontáneas y cariñosas, como son todas las abuelas.
Cuando llegó otoño, todos me conocían en el café. Me había hecho miembro de un "club de lectura", compuesto por siete ancianas, Irma y yo, que se reunía allí y así poder pasar más tiempo. Aunque Irma nunca me había dicho nada, ni tampoco me diría, era incapaz de estar casi todas las tardes ahí metido con un té y un par de bollos.Como ella era una fanática de la poesía francesa y el resto de ancianas podían leer poemas con tranquilidad en un día, la poesía era casi siempre el tema principal. A mi no era algo que me enloqueciese, pero me gustaba bastante más que cuando hacían lecturas de libros para amas de casa insatisfechas con sus vidas que solía ojear sin mucho interés. Aunque no pasase nada si no me los leyese, ya que ellas lo hacían muy lento y no les daba tiempo a acabar el libro a todas casi nunca, me sentía obligado a leer todo lo que dijeran, como si fueran a echarme del club y del café si no lo hiciese. Otras veces elegíamos cosas realmente interesantes, clásicos sobretodo, que de verdad me apasionaban.
El ambiente en mi casa había cambiado también. En verano había muerto mi abuela, con la que había vivido desde los tres años, e incluso cuando mis padres decidieron venir a vivir aquí y me obligaron a ir con ellos, seguí considerando su casa como la mía. Sabía cada secreto, cada mueble, cada figurita decorativa, qué contenían cada uno de sus armarios. Recuerdo el listón de madera que estaba suelto en el pasillo, la mesa redonda y desgastada con un quemazón en el extremo más cercano a la cocina, el visillo tejido a mano y un poco amarillento de la despensa. Ese era el único sitio que podía considerar hogar, pero cuando ella murió decidieron venderla.
El resto de verano me dediqué a pasearme por la ciudad sin ir a ningún sitio, muchas veces me perdía y aparecía en zonas que ni me sonaban, cuando no sabía volver montaba en cualquier autobús y tarde o temprano me llevaría a un lugar conocido. Otras veces iba al cementerio, me sentaba en el suelo frente a la tumba de mi abuela y dejaba que el tiempo muriese. En cierto modo el asfalto polvoriento, el olor a putrefacción mezclado con el de las flores frescas y los sollozos anónimos era el ambiente que más se asemejaba a mi estado de ánimo y por lo tanto el que más me gustaba. Que no recibiese ninguna visita era algo que me deprimía y al mismo tiempo me devolvía a nuestra vieja felicidad. Estábamos solos, ella y yo, y no había nadie más que fuera a buscarnos nunca.
Los días demasiado calurosos, en los que todo el mundo se agolpaba en la piscina, solía pasarlos en un pequeño café, en un barrio algo apartado de casas bajas. Allí leía durante horas sentado en sillones verdes con pinta de haber vivido mejores épocas y bebiendo a sorbos pequeños el té rojo. La dueña, Irma, una señora regordeta con acento del norte y el pelo pajizo, a veces se sentaba conmigo y hablábamos de música de los 50, recetas o poesía. Resultaba que tenía cierta facilidad para caerle bien a las señoras mayores. Esa inercia mía, unida a lo mucho que echaba de menos a mi abuela, me hacía encariñarme mucho con ellas. No solo con Irma, de vez en cuando alguna anciana solitaria se sentaba a mi lado, al principio hacía algún comentario sin mucho fuste, pero al ver que yo hablaba con ellas como si fuese su nieto se relajaban y volvían espontáneas y cariñosas, como son todas las abuelas.
Cuando llegó otoño, todos me conocían en el café. Me había hecho miembro de un "club de lectura", compuesto por siete ancianas, Irma y yo, que se reunía allí y así poder pasar más tiempo. Aunque Irma nunca me había dicho nada, ni tampoco me diría, era incapaz de estar casi todas las tardes ahí metido con un té y un par de bollos.Como ella era una fanática de la poesía francesa y el resto de ancianas podían leer poemas con tranquilidad en un día, la poesía era casi siempre el tema principal. A mi no era algo que me enloqueciese, pero me gustaba bastante más que cuando hacían lecturas de libros para amas de casa insatisfechas con sus vidas que solía ojear sin mucho interés. Aunque no pasase nada si no me los leyese, ya que ellas lo hacían muy lento y no les daba tiempo a acabar el libro a todas casi nunca, me sentía obligado a leer todo lo que dijeran, como si fueran a echarme del club y del café si no lo hiciese. Otras veces elegíamos cosas realmente interesantes, clásicos sobretodo, que de verdad me apasionaban.
Es patético, lo sé. Aún peor que patético, totalmente pervertido. He acabado convirtiéndome en una acosadora barata, y digo lo de barata porque ni si quiera puedo pagarme un taxi para montarme en él y gritar: "Siga a ese coche." Yo me veo limitada a quedarme en la acera viendo como se aleja de mi. Cada vez que se acerca a una parada de taxis se me para el corazón. Es como si lo agarrase y estrujara, para después montarse con él en las manos y yo veo su espalda erguida, descifro sus labios, noto como el conductor se siente atraído por una mujer de ese calibre, entonces arranca y ella gira unos instantes la cabeza. Me mira a través de sus gafas de sol, sus ojos reflejan miedo, excitación, morbo, pero quedan ocultos por las lentes tintadas. Su mirada ansiosa es un secreto que sólo ella y yo conocemos. El coche se aleja, ella sujeta con recelo mi corazón, nota cada latido en su palma, hasta que las venas se cortan y yo me quedo varada en la acera, pudriéndome bajo el sol un día más.
Año nuevo en el parque.
Los proyectos de palabras que se quedaban en gemidos se agolpaban en su garganta. "¿No estás muy delgada?" le había preguntado su tía con una falsa inocencia, sabiendo perfectamente que sus palabras desencadenarían la conversación que llevaban evitando toda la navidad. A ella le dieron ganas de levantarse y arrojarle el solomillo relleno a la cabeza a aquella bruja para después lanzarse ella atravesando la mesa y cortarle la yugular con el cuchillo de papel que le habían dado. Sus bonitos zapatos nuevos saltarían por los aires e irían a parar sobre el pescado en salsa salpicando al resto de patanes que la miraban con un cariño al que se le podía ver el pegamento, mientras la arpía agonizaba en el suelo.
Pero se quedó allí, mirando fijamente la carne hecha trocitos y desparramada por el plato. Su padre sí que estaba matando a esa bruja con la mirada, al borde de echarla de la casa y prohibirle la entrada por el resto de su vida. Sin embargo, su madre se adelantó. Ella también miraba su comida, la golpeaba con nerviosismo con el cuchillo y el tenedor, cuando habló lo hizo tremendamente rápido con una voz irregular y tímida. "Sí, aunque ahora está mucho mejor y ha ganado peso. ¿Quieres más vino, mamá?" Y una risita falsa. Pero una vez abierta la veda era imposible de parar. "En mis tiempos..." Empezó su abuelo antes de que la arpía atacara de nuevo.
-¿Sí? Pues yo la veo más delgada, si acaso. Quizá no deberíais haberla sacada de ese sitio, así hubiese escarmentado sus actos en la soledad de su celda. -Toses, resoplidos en las copas, un cuchillo arañando el plato, miradas asustadas. Y su madre de nuevo intentando calmar la cosa.
-Ah, no sé. ¿Seguro que no quieres más vino, mamá? Es importado, de Francia. Tu fav... Cariño, no. Por favor...
Y un portazo. La chica se quedó unos instantes apoyada en la pared del portal. La oscuridad, el frío que se colaba por las rendijas de las ventanas y los ruidos de familias felices cenando el día de año nuevo la acogieron. También pudo escuchar e imaginar lo que pasaba en su casa. Sus abuelos mirándose el uno al otro y desaprobando tanto su conducta como la de su madre por criar a una hija tan irrespetuosa, su padre levantándose de la mesa y dirigiéndose al baño a desahogar su cólera contra los azulejos verdes, su madre al borde del llanto huyendo a la cocina, sus otras dos tías y un primo pequeño tras ella para consolarla, la bruja con falsa cara de pena, lanzándose miraditas y comentarios los unos a los otros.
El viento de diciembre no la acogió con tanto cariño al salir a la calle. Menos aún a su cuerpecillo únicamente cubierto con un fino vestido de tirantes. Las calles, propias de una película apocalíptica, tenían un aire hostil. Realmente, aunque estaban llenas de luces brillantes y papá Noeles colgando, a pesar de que se veía y oía a las familias cenar todas juntas, a ella le pareció tremendamente deprimente. Se abrazó su diminuto cuerpo y caminó sin rumbo.
En poco tiempo su piel había tomado un tono enfermizo, incluso se notaba el tono azulado debajo del pintalabios rosa. Las clavículas se marcaban tanto que parecían pintadas para darles más profundidad, no se podía apreciar sus pequeños pezones, ocultados por relleno para disimular la inexistencia de sus pechos. Sí, estaba más delgada para cualquier ojo, menos para el suyo. Tanto ella como sus padres habían hecho un esfuerzo sobrehumano para sacarla del centro y tenerla en casa. Aunque rompió el trato durante la primera cena. Lo había intentado, lo había intentado con todas sus fuerzas, pero no habían sido suficientes. Aquella noche el dedo en su garganta se clavó también en su corazón, se retorció de dolor ante el retrete. Cuando tiró de la cadena se esfumaron las lágrimas, los gemidos ahogados, las promesas.
"¡Feliz año nuevo!". Los gritos llegaron desde todas partes. Sus tacones estaban tumbados bajo el banco. Ella sollozaba abrazada a sus rodillas huesudas. El viento ululaba entre las ramas de los árboles, algunas nubes se movían amenazantes y oscuras por un cielo sin luna. En su interior afloraba un sentimiento de tristeza tan inmenso que la abrumaba, sentía que siempre había estado allí y ahora despertaba de su letargo. Se movía en su alma como una inmensa mole que devoraba todo lo que encontraba a su paso.
El sonido del primer fuego la asustó. Levantó la cabeza para encontrarse una gran estela roja en la oscuridad. Los fuegos se fueron sucediendo de todo tipo y tamaño. Con cada explosión su cuerpo vibraba de forma extraña, como si cada vez que el cielo brillara su alma intentase huir y unirse con esa belleza efímera. Los colores vivos se iban reflejando en las lágrimas que caían sobre sus mejillas, cuando lo notó. Aquellos dedos inconfundibles, aquella caricia tan calmante, unos dedos con ritmo propio. Sus dedos.
-Tus padres me han llamado, estaban asustados.
-¿Cómo me has encontrado?
-Siempre huyes al mismo banco del parque. -Casi se dejó caer sobre ella, la abrazó del mismo modo que la había abrazado la primera vez, una abrazo largo, deseado, agarrando su vestido hasta casi arrancarle el trozo de tela. El cielo seguía iluminándose de cientos de colores, la gente empezaba a salir de sus casas y los balcones estaban poblados de personas gritando de ilusión. Pero cuando habló, después de haber llorado en su hombro, únicamente pudo escuchar su voz.- Me tenías asustada.
Pero se quedó allí, mirando fijamente la carne hecha trocitos y desparramada por el plato. Su padre sí que estaba matando a esa bruja con la mirada, al borde de echarla de la casa y prohibirle la entrada por el resto de su vida. Sin embargo, su madre se adelantó. Ella también miraba su comida, la golpeaba con nerviosismo con el cuchillo y el tenedor, cuando habló lo hizo tremendamente rápido con una voz irregular y tímida. "Sí, aunque ahora está mucho mejor y ha ganado peso. ¿Quieres más vino, mamá?" Y una risita falsa. Pero una vez abierta la veda era imposible de parar. "En mis tiempos..." Empezó su abuelo antes de que la arpía atacara de nuevo.
-¿Sí? Pues yo la veo más delgada, si acaso. Quizá no deberíais haberla sacada de ese sitio, así hubiese escarmentado sus actos en la soledad de su celda. -Toses, resoplidos en las copas, un cuchillo arañando el plato, miradas asustadas. Y su madre de nuevo intentando calmar la cosa.
-Ah, no sé. ¿Seguro que no quieres más vino, mamá? Es importado, de Francia. Tu fav... Cariño, no. Por favor...
Y un portazo. La chica se quedó unos instantes apoyada en la pared del portal. La oscuridad, el frío que se colaba por las rendijas de las ventanas y los ruidos de familias felices cenando el día de año nuevo la acogieron. También pudo escuchar e imaginar lo que pasaba en su casa. Sus abuelos mirándose el uno al otro y desaprobando tanto su conducta como la de su madre por criar a una hija tan irrespetuosa, su padre levantándose de la mesa y dirigiéndose al baño a desahogar su cólera contra los azulejos verdes, su madre al borde del llanto huyendo a la cocina, sus otras dos tías y un primo pequeño tras ella para consolarla, la bruja con falsa cara de pena, lanzándose miraditas y comentarios los unos a los otros.
El viento de diciembre no la acogió con tanto cariño al salir a la calle. Menos aún a su cuerpecillo únicamente cubierto con un fino vestido de tirantes. Las calles, propias de una película apocalíptica, tenían un aire hostil. Realmente, aunque estaban llenas de luces brillantes y papá Noeles colgando, a pesar de que se veía y oía a las familias cenar todas juntas, a ella le pareció tremendamente deprimente. Se abrazó su diminuto cuerpo y caminó sin rumbo.
En poco tiempo su piel había tomado un tono enfermizo, incluso se notaba el tono azulado debajo del pintalabios rosa. Las clavículas se marcaban tanto que parecían pintadas para darles más profundidad, no se podía apreciar sus pequeños pezones, ocultados por relleno para disimular la inexistencia de sus pechos. Sí, estaba más delgada para cualquier ojo, menos para el suyo. Tanto ella como sus padres habían hecho un esfuerzo sobrehumano para sacarla del centro y tenerla en casa. Aunque rompió el trato durante la primera cena. Lo había intentado, lo había intentado con todas sus fuerzas, pero no habían sido suficientes. Aquella noche el dedo en su garganta se clavó también en su corazón, se retorció de dolor ante el retrete. Cuando tiró de la cadena se esfumaron las lágrimas, los gemidos ahogados, las promesas.
"¡Feliz año nuevo!". Los gritos llegaron desde todas partes. Sus tacones estaban tumbados bajo el banco. Ella sollozaba abrazada a sus rodillas huesudas. El viento ululaba entre las ramas de los árboles, algunas nubes se movían amenazantes y oscuras por un cielo sin luna. En su interior afloraba un sentimiento de tristeza tan inmenso que la abrumaba, sentía que siempre había estado allí y ahora despertaba de su letargo. Se movía en su alma como una inmensa mole que devoraba todo lo que encontraba a su paso.
El sonido del primer fuego la asustó. Levantó la cabeza para encontrarse una gran estela roja en la oscuridad. Los fuegos se fueron sucediendo de todo tipo y tamaño. Con cada explosión su cuerpo vibraba de forma extraña, como si cada vez que el cielo brillara su alma intentase huir y unirse con esa belleza efímera. Los colores vivos se iban reflejando en las lágrimas que caían sobre sus mejillas, cuando lo notó. Aquellos dedos inconfundibles, aquella caricia tan calmante, unos dedos con ritmo propio. Sus dedos.
-Tus padres me han llamado, estaban asustados.
-¿Cómo me has encontrado?
-Siempre huyes al mismo banco del parque. -Casi se dejó caer sobre ella, la abrazó del mismo modo que la había abrazado la primera vez, una abrazo largo, deseado, agarrando su vestido hasta casi arrancarle el trozo de tela. El cielo seguía iluminándose de cientos de colores, la gente empezaba a salir de sus casas y los balcones estaban poblados de personas gritando de ilusión. Pero cuando habló, después de haber llorado en su hombro, únicamente pudo escuchar su voz.- Me tenías asustada.
Paralelos
Veo mi cara reflejada en el espejo. Únicamente ilumina la habitación la pálida luz que entra por la ventana desde la farola, la cortina la filtra y me ofrece un mundo en tono anaranjado y borroso. Casi soy incapaz de reconocerme a mi misma, me arqueo hacia delante intentando apreciar bien mi siluetas pero no consigo lograrlo El espejo me sigue devolviendo la horrible caricatura de un monigote que se supone que soy yo. Al principio es un ser feo con los rasgos desarrollados hasta lo absurdo. Después va mutando hasta conseguir una forma parecida a la mía, aún con las mejillas excesivamente grandes. Mi fantasma me mira con descaro, lanza un beso al aire que le reafirma la cara. Yo me muevo temblando hasta el espejo, acaricio su superficie lisa y me dejo llevar por el tacto frío. Mi yo reflejado me mira con lujuria, noto como desea poseerme, como quiere que yo también me introduzca en el espejo. Nuestras manos entran en contacto, percibo un olor nauseabundo, algo podrido que pronto inunda toda la habitación. Intento apartar la mano pero mi reflejo me agarra con fuerza, sus dedos se clavan en mi piel atravesándola. Lanzo un gruñido de dolor como un animal herido e intento dejarme caer pero aquel horrible ser me sigue sujetando con sus garras de acero. Me mira con crueldad y sonríe, un escalofrío recorre mi cuerpo dejándome temblando y al borde del llanto lo que parece hacer disfrutar a mi yo paralelo. Él tira de mi y me introduce en el espejo, en un mundo deformado y oscuro. Sus manos se deslizan por mi cuello, lame mi ser y hace vibrar a mi alma. Yo intento volver la cara y encontrar el espejo por el que he entrado pero solo atisbo más oscuridad, un campo de flores marchitas bajo mis pies y mi piel en manos de mi yo reflejado. Nos tumbamos sobre un mar de cadáveres y yacemos hasta volver a unificarnos. Sin titulo 1.
El mundo se cerró. La cremallera del cielo fue cosiendo la brecha que había entre las dos mitades hasta dejarlo todo en la más absoluta oscuridad. Siempre había pensado que no le gustaba su vida. Realmente se preguntaba si le gusta la vida, vivir en general. La veía como eterna carretera que iba hacia arriba , cada vez más empinada y se perdía en una fisura en el cielo. A ambos lados de la carretera únicamente había desierto, ni si quiera eso, sólo arena gris hasta donde alcanzaba la vista. Él iba andando por el asfalto arrastrando los pies y prometiéndose que cuando llegase arriba todo sería mucho más fácil. Entonces se dio cuenta de que hasta cuando solo hubiese bajada, sería tan abrupta que descender sería tan difícil como subir. El sabor metálico de su boca le daban ganas de vomitar, pero ya era tarde. Caía hacia abajo en el abismo. Casi sin notarlo, sus dedos apretaron el gatillo y la pared se llenó de confeti.
Ámame (IV)
La música rock tronaba en sus oídos. Las palabras casi gritadas por el cantante amordazaban al mundo y lo golpeaban hasta dejarlo inconsciente, mudo, casi muerto. Sus pisadas iban siguiendo el compás, las hebillas de las botas se golpeaban entre ellas formando un sonido seco y rítmico. Ante él se elevaba aquella monstruosa mole, prácticamente bufándose. Había soñado toda su vida con ese momento, su cuerpo vibraba de emoción. Bajó del coche, abrió el maletero y dejó que el barrio se inundase con la música. En las casas, algunas personas se despertarían por el estruendo. Se moverían legañosos en la oscuridad hasta la ventana buscando a su dueño, sin embargo lo único que encontraría serían más caras mustias, adormiladas, enfurecidas buscando también. Y a la canción se le unirían gritos y ladridos. Improperios llenos de ira que otorgarían a ese momento el descontento generalizado que necesitaba.
Algunos se atreverían a salir de sus casas en bata, más enfurecidos que nunca. Mientras tanto Salem seguía observando a su adversario, inmóvil y tranquilo como siempre. Aquella estúpida iglesia debía caer, debería sumir en el caos al mundo. Desmoronar al público, suscitar enfados, invocar a las lágrimas. El débil techo del coche se hundió ligeramente cuando se subió en él. Salem mostró sus afilados dientes e hizo una amplia reverencia a la masa iracunda que lo había rodeado.
Tres...Dos...Uno...
El párroco arrodillado ante el altar rezaba a Dios pidiéndole perdón por todos sus pecados. Su vida de inmoralidad llegaba a su fin, había sido una buena vida pero aquel maldito muchacho lo había arruinado todo. Pese a estar en al final del túnel no se llegaba a arrepentir de todo, sabía perfectamente que si aquel chico no lo hubiese descubierto habría seguido haciéndolo hasta su muerte, aunque jamás había pensado en una muerte pacífica. Estaba claro que lo acabaría descubriendo y él debería finalizar con su vida si no lo hacía algún padre. ¿Aceptaría Dios esto como perdón?¿Le serviría un arrepentimiento al final? Desde que la música inundó su morada había empezado a rezar sin pensar nada más que en los textos sagrados.
La primera explosión se dio en la cabeza del gigantesco Jesucristo crucificado. Ésta se hizo añicos, la pared y los clavos también se destruyeron, dejando caer la cruz sobre el altar. La onda expansiva fue destrozando las vidrieras, los cristales de colores volaron en todas las direcciones alcanzando a todo en su radio. La campana repicaba enloquecida. La dos siguientes explosiones se produjeron medio minuto más tarde. El techo quedó destruido en seguida. Las piedras cayeron en el interior de la iglesia rompiendo los bancos y figuras. El campanario comenzó a inclinarse lentamente y antes de que cayera del todo acometieron las últimas explosiones destruyendo hasta el último tabique que osase mantenerse.
El populacho se sumió en un caos absoluto. La gente huía pavorizada, otros intentaban luchar a contracorriente para atacar al terrorista. En cualquier caso, el movimiento se vio nulo. Los que se habían quedado salían fuera para ver que ocurría, los coches acudían también a la escena. En pocos segundo la calle se vio llena, un mar de vehículos, cabezas, piedras y fuego que aprisionaban a todos. Salem se erguía como un monumento ante las llamas, sobresalía su figura abierta de brazos. Al igual que cura, él encomendaba su alma a los dioses que pudiesen existir.
Nadie podría saber de donde vino el primer disparo, ni de donde los siguientes, o si realmente le dieron. Algunos vieron exactamente como caía acribillado por las balas, otros lo vieron mantenerse en pie hasta que las piedras cayeron sobre él. Los más creyentes vieron al diablo reflejado en sus ojos y escapando cuando coche explotó. Pero todos, asegurarían que aquel chiquillo era un asesino mortal, que en sus ojos se reflejaba el mal, que la edad, las ideologías y la música contribuían a su enfermedad mental. Que aquel ser inmoral era un enviado de Satanás y el pobre párroco su víctima inocente.
Algunos se atreverían a salir de sus casas en bata, más enfurecidos que nunca. Mientras tanto Salem seguía observando a su adversario, inmóvil y tranquilo como siempre. Aquella estúpida iglesia debía caer, debería sumir en el caos al mundo. Desmoronar al público, suscitar enfados, invocar a las lágrimas. El débil techo del coche se hundió ligeramente cuando se subió en él. Salem mostró sus afilados dientes e hizo una amplia reverencia a la masa iracunda que lo había rodeado.
Tres...Dos...Uno...
El párroco arrodillado ante el altar rezaba a Dios pidiéndole perdón por todos sus pecados. Su vida de inmoralidad llegaba a su fin, había sido una buena vida pero aquel maldito muchacho lo había arruinado todo. Pese a estar en al final del túnel no se llegaba a arrepentir de todo, sabía perfectamente que si aquel chico no lo hubiese descubierto habría seguido haciéndolo hasta su muerte, aunque jamás había pensado en una muerte pacífica. Estaba claro que lo acabaría descubriendo y él debería finalizar con su vida si no lo hacía algún padre. ¿Aceptaría Dios esto como perdón?¿Le serviría un arrepentimiento al final? Desde que la música inundó su morada había empezado a rezar sin pensar nada más que en los textos sagrados.
La primera explosión se dio en la cabeza del gigantesco Jesucristo crucificado. Ésta se hizo añicos, la pared y los clavos también se destruyeron, dejando caer la cruz sobre el altar. La onda expansiva fue destrozando las vidrieras, los cristales de colores volaron en todas las direcciones alcanzando a todo en su radio. La campana repicaba enloquecida. La dos siguientes explosiones se produjeron medio minuto más tarde. El techo quedó destruido en seguida. Las piedras cayeron en el interior de la iglesia rompiendo los bancos y figuras. El campanario comenzó a inclinarse lentamente y antes de que cayera del todo acometieron las últimas explosiones destruyendo hasta el último tabique que osase mantenerse.
El populacho se sumió en un caos absoluto. La gente huía pavorizada, otros intentaban luchar a contracorriente para atacar al terrorista. En cualquier caso, el movimiento se vio nulo. Los que se habían quedado salían fuera para ver que ocurría, los coches acudían también a la escena. En pocos segundo la calle se vio llena, un mar de vehículos, cabezas, piedras y fuego que aprisionaban a todos. Salem se erguía como un monumento ante las llamas, sobresalía su figura abierta de brazos. Al igual que cura, él encomendaba su alma a los dioses que pudiesen existir.
Nadie podría saber de donde vino el primer disparo, ni de donde los siguientes, o si realmente le dieron. Algunos vieron exactamente como caía acribillado por las balas, otros lo vieron mantenerse en pie hasta que las piedras cayeron sobre él. Los más creyentes vieron al diablo reflejado en sus ojos y escapando cuando coche explotó. Pero todos, asegurarían que aquel chiquillo era un asesino mortal, que en sus ojos se reflejaba el mal, que la edad, las ideologías y la música contribuían a su enfermedad mental. Que aquel ser inmoral era un enviado de Satanás y el pobre párroco su víctima inocente.
Euforia.
Una de sus posibles definiciones es estado de ánimo propenso al optimismo.
Él lo definía como ganas de gritar al mundo que todo era jodidamente perfecto.
Él lo definía como ganas de gritar al mundo que todo era jodidamente perfecto.
Paso de poner título. Lo de Pierre y va que chuta.
Después de teclear por enésima vez la frase inicial de aquel artículo, Pierre desistió y pateó la mesa. Si lo pensaba, echaba de menos aquellos grandes CPUs que podía golpear hasta cansarse sin que se rompiesen. Ahora con las nuevas tecnologías y aquel ordenadorcito de mierda tenía que partirse el pie contra la pata de madera de una mesa cada vez más inestable. Podía ser que Pierre Dupont no tuviese paciencia alguna, también que cada vez que se bloqueaba estallaba en un ataque de rabia descontrolada y que, por regla general, se bloquease a menudo. Pero él se limitaba a pensar que simplemente se había equivocado de trabajo. Escribir aquellas columnas de mierda para ese periódico de mierda le estaba consumiendo la vida casi tan rápido como él se fumaba los paquetes de tabaco ante el documento word en blanco. Deseaba mandar a toda esa panda de gilipollas conservadores a tomar por culo, escribir un buen artículo poniéndolos a parir, dejando claro como la mayoría de los ciudadanos de ese puto país se dejan camelar por unos señores que pensaban que la mujer no debía salir de la cocina.
Echó mano al paquete de Malboro, miró con incredulidad que estaba vacío, insultó a la nada, se cagó unas cuantas veces en los muertos de unos cuantos y bajó a por otro paquete. La verdad, trabaja por trabajar. En momentos de crisis te agarras a un clavo ardiendo, pero aquel puto trabajo lo estaba matando. ¿Y para qué? Para una mierda de salario que se iba alegremente en tabaco. Tener que aguantar a esos gilipollas un día tras otro, con las mismas mierdas en la cabeza. A menudo se preguntaba si no serían copias de otros de señores que vivieron el medievo, entonces se metía a wikipedia y empezaba a ver retratos de esa época. Así perdía el tiempo en la oficina, mucho mejor que intentar escribir, sulfurarse y abrirle el cráneo al misógino de turno.
Pierre se quedó mirando su reflejo en un espejo de la tienda. Aquella esfera le devolvía la imagen de un hombre con la cara delgada y demacrada, con una incipiente barba que le daba aspecto de cabrón, con unos ojos vacuos y carentes de emoción. No, no podía ser él. Aquel tío que se reflejaba, una especie de hombre desalmado y sádico, definitivamente no podía ser él. Se palpó la cara con cuidado, asustado, casi temblando, pensando en cuántos años tenía. Claro, ¿que esperaba haber visto? Aquel chaval juguetón y sobrado con chupa de cuero que había sido hace diez años. No, obviamente, ahora era un tío de treinta años, que trabajaba para un periódico conservador, que vivía solo en otro país, que fumaba como un carretero, que había traicionado su ética por unos cuantos euros. La realidad, una realidad tangible y destructora, cayó sobre él. Una realidad que lo traía de vuelta a un infierno peor del que ya vivía.
Al final se marchó de la tienda sin comprar nada. Deambuló por las calles hasta llegar al parque y se dejó caer en el banco más solitario que encontró. Con las pintas que llevaba y su suerte lo confundirían con un violador si se acerba a alguien.
-¿Qué ha sido de ti, capullo? -Le decía su yo del pasado lleno de ira.- Mirate, viejo y asqueroso. Incapaz de correr una vuelta alrededor del parque. Tío, has jodido todo. ¿Ahora que coño se supone que vas a hacer?¿Ponerte a llorar como el buen maricón que eres? Oh, espera ¿Saben eso tus compis de curro? Que te encanta chupar pollas en garitos perdidos. No, que va, que van a saber esos capullos. Te has vendido a este puto sistema. ¿Dónde ha acabado todo lo que yo soy? Y no me vengas con las mierdas de que has madurado. Eres un puto vendido. Incluso votarás a los conservadores. ¿Qué ha pasado con todo nuestro orgullo, con nuestro sentimiento antisistema, con nuestras ilusiones?¿Y nuestra bandera, Pierre, cómo has podido tirarla?
Aquel Pierre del pasado se desvaneció con el soplido del aire. Dejó su olor a gomina y sus palabras se fueron transformando en el trinar de los pájaros. Su mente se transportó a un pasado turbio, un pasado con moratones de los que presumir, un pasado en el que todavía pensaba que podía cambiar el mundo. Se vio a si mismo el día del orgullo gay, con los diecinueve recién cumplidos, gritando como un jodido loco. Aquel día se llevó más de un golpe, incluso un hueso roto, pero no le importó. Estaba haciendo lo que más le gustaba, luchaba por sus derechos, criticaba, participaba, cambiaba el mundo. Por esas ideas estudió periodismo, y ahora...ahora se había vendido al enemigo.
-¿Te duele mucho? -Le preguntaba Jacques con una cara de terror.
-No me duele nada, tranquilo. Debe ser por el subidón o por lo que sea, pero hoy soy invencible ¿Me oyes? ¡Invencible! Soy como Batman pero fuera del armario y sin tanta pasta.
Jacques estrechó a Pierre con amor entre sus brazos. Estaban en medio de la concentración, tapados los dos por una bandera que no sabían de donde había salido. A Pierre le sangraba un poco el codo y eso era suficiente para que el rubio se preocupase. Jacques apretó más al muchacho, lo estrujó queriendo que se fundiesen un único ser, deseando que aquel chico nunca se escapara de sus brazos. Durante mucho tiempo se mantuvieron así, entre aquel jaleo estridente, abrazados en silencio, aspirando el aroma del sudor que emanaba cada uno, besándose de vez en cuando, pasando los dedos por sus espaldas, jugueteando con el pelo del otro. Era el momento perfecto, en el lugar perfecto, con la persona perfecta. El paraíso para ambos.
Ahora la escena era diferente. No recordaba donde estaba aquel sitio, ni como habían llegado, pero ahí estaban. La bandera se encontraba puesta como una toalla, los dos muchachos estaban tumbados el uno al lado del otro muy juntos para poder caber bien. Pierre acariciaba la mejilla del rubio que sonría como un imbécil. Ambos estaban agotados, empapados en sudor, con algún que otro moratón y un dolor cada vez más fuerte. Pero había sido un día idílico y querían acabarlo como llevaban deseando desde hacía ya tiempo.
La mano de Jacques se deslizó por dentro de la camiseta de su compañero. Sus dedos juguetones bailaron por los abdominales de Pierre, estaban ahí aunque no se marcasen demasiado. Después siguieron ascendiendo mientras serpenteaban hasta alcanzar un pezón. Pierre dio un pequeño respingo al notar el primer pellizco, sin embargo aquello empezó a mutar y volverse placentero. Él era más torpe, sus manos se movieron con timidez hasta el apretado bulto del pantalón de Jacques. Sonrojado, notando su penetrante mirada, empezó a estimularlo con los dedos.
El rubio dijo algo que no alcanzó a entender. Al verlo quitarse la camiseta lo imitó, quedándose desnudo. Jacques se rió de él. «¿Qué vas a hacer si viene alguien?» Pero no le dejó volver a vestirse. Antes de que pudiese hacer nada, Pierre se vio inmovilizado bajo aquel Adonis, que lo besaba por todas partes. Mientras, él se limitaba gimotear con los ojos entrecerrados, pensando en que le iba a explotar de lo dura que la tenia.
La imagen se cortaba ahí, su mente no le permitía recordar lo sucesivo de aquel día. Sabía que acabaron haciéndolo, sin embargo no llegaba a ver las escenas, únicamente un enorme vacío. Los recuerdos se apelotonaron en su cabeza, después de tanto tiempo sometidos en las tinieblas de su subconsciente cuando vieron un poco de luz todos se abalanzaron. Pierre se encontraba solo en su casa, estaba tumbado en el sofá mirando unos pájaros que jugaban en las ramas de un árbol. La televisión parloteaba algo, se le unían los murmullos clásicos de la calle. El calor sofocante del verano le hacía desear con toda su alma que llegasen otra vez las lluvias y nevadas. Harto, se acercó a la ventana y contempló el espectáculo que el mundo, vestido con boa de plumas y medias de rejilla, le ofrecía.
Su madre hizo acto de presencia. Se sentó en el sofá, tosió un par de veces y se arregló la falda de tubo granate. Pese al extremo calor ella llevaba una rebeca de lana y tenía aspecto de estar a punto a tiritar. Llevó sus manos con un gesto maniático hacia las perlas que colgaban de su cuello y comenzó a sobarlas. Miró a su hijo como si mirara a un sucio vagabundo que le había tocado y dijo con un falso tono dramático: «Pierre...Oh...Pierre...¿Qué he hecho mal?» El chico al oír aquello volvió la vista a la calle, la temperatura le pareció descender hasta el bajo cero, el mundo se volvió turbio y los sucesos, tal y como había esperado, ocurrieron con tremenda ferocidad. Pierre recordaba a su madre cortando su llanto como si hubieran cerrado el grifo, también trozos sueltos de esa discusión, de lo afiladas que eran las uñas de esa maldita mujer, de la piel roja y palpitante, de las perlas rodando por el suelo, esparciéndose por la cerámica negra como si acabase de tener lugar el big bang.
Aquel mismo día cuando abrió la puerta y lo vio sangrando, a Jacques prácticamente le dio un infarto, tuvo que ser el propio Pierre quien lo cuidase. Después el rubio lo acarició y besó durante horas demostrándole su eterna gratitud. Recordaba con extrema viveza aquel juego. Estaban sobre una cama de matrimonio, desnudos y abrazados. Pierre descansaba sobre los muslos de Jacques abrazándolo con sus piernas. Le dibujaba cosas en la espalda y el otro debía adivinar que eran.
-Mmmh, Es...¿qué es eso?
-Es cosa tuya adivinarlo, que gracia tendría si no.
-Un...¿perro?
-¿Un perro?
-Sí, yo que sé. -Jacques rió acalorado con una creciente erección.- Tus dotes artísticas son inexistentes.
Pierre infló los mofletes «Era un conejito.» Balbuceó con tono infantil y acto seguido estaba encima de Jacques, cubriendo su cuerpo de besos. Su lengua juguetona se deslizaba por el torso como si estuviese patinando. Recordaba con asombrosa claridad el deseo de esos besos descontrolados, el ansia con la que devoraba cada milímetro de su cuerpo. A día de hoy, aún era Jacques el hombre de sus sueños, con el querría pasar su vida, el único que le hizo vivir.
Sin embargo, aquella imagen se truncó sin aviso. Se vio a si mismo tirado en el suelo de su cuarto, envuelto con la bandera y sollozando en silencio. Como siempre, aunque sintiese la mayor pena del mundo, era incapaz de llorar sin reprimirse con todas sus fuerzas y odiarse después por ello. En su cabeza rebotaban de un lado a otro las preguntas, se paseaban desnudas con descaro, sin pudor o respuesta alguna. Recordó que acababa de descubrir que Jacques había desaparecido. La única viga que mantenía su vida acababa de quebrarse.
La oscuridad había engullido la imagen de Jacques y en cuestión de horas Pierre era incapaz de recordar bien su cara. Simplemente de un día para otro desapareció, se esfumó sin más. Ahora encontrarlo sería fácil, bastaría con poner su nombre en google y allí lo tendría, podría lanzarle todas esas preguntas que habían establecido campamento en su cráneo Pero no lo haría, claro que no, si Jacques se había ido habría tenido su motivo. Quizás se habría aburrido de él, o ya no lo querría, o a lo mejor había encontrado a otra persona. Incluso era posible que los hubiesen separado. Esa era su opción favorita, un amor impedido por unos padres crueles y despiadados, Jacques lo seguía amando pero era imposible. Había miles de versiones de esa historia, cada noche se tumbaba en la cama, se arropaba con la bandera y transportado por su olor imaginaba porqué se había marchado, que pasaría si se volviesen a ver, o si nunca se hubiese ido, imaginaba como hubiese sido vivir juntos, comprar una casa o incluso conseguir un hijo. Millones de historias que despertaban a las preguntas, que atraían lágrimas a sus ojos y dolores a su corazón, hasta que finalmente, agotado, se dormía y las preguntas seguían en los sueños.
Pierre abrió los ojos y se encontró en un mundo diferente al que había horas antes. Un mundo más cruel, más pesado, más borroso. El paso de los años se hizo presente, se sintió flácido y cansado. «¿Qué hice después?» se preguntaba, aunque su mente se veía reacia a contestarle Únicamente le dejó vislumbrar fotografías descoloridas y mohosas. Él metiendo todos sus libros en una maleta. Él en el autobús destino a Madrid mirando a un hombre parecido a Jacques. Su nueva casa vacía. La carta en la que negaban la publicación del libro. La cara de su jefe cuando censuraba sus artículos. Una mamada anónima en un baño cualquiera. Nada de vital importancia, desde que dejó Francia se había dedicado a dejar pasar los días en una ausencia completa de 'algo', nada más que vacío. Y a pesar de todo, no pensaba en ella con esa melancolía típica al lugar de tu infancia. Para él, Francia, no era más que el escenario donde sucedieron los hechos del pasado, en ningún caso representaba un hogar al que poder regresar.
Los recuerdos lo habían devastado. Aquel fantasma del pasado le había escupido más de una verdad. ¿Qué había sido de aquel espíritu inconformista? El Pierre adolescente hubiese hecho la vida imposible a sus jefes. Notaba su vida consumiéndose, se escurría como agua entre sus dedos sin dejar rastro alguno. El paso de los días habían arrastrado y erosionado lo que era su vida. Fumar, escribir, dormir. Ese era el resumen de todo. Se hundía en un mar de petróleo, a la espera de encender otro cigarrillo y arder.
No podía seguir así, urgía un cambio. Ni si quiera un cambio, una revolución. Quien sabía, quizás comprarse un perro enorme como siempre había querido, o mandar a los capullos de su trabajo a la mierda, hacerle un calvo al retrato de la virgen que colgaba en la oficina, dejar de fumar, incluso podría intentar publicar alguna de sus novelas. Esas historias mudas que se pudrían en las tinieblas del pendrive. Sí, todo aquello sonaba genial, hasta podría encontrar al amor. Hacía tiempo que sus sentimientos se había extinguido, que no era capaz de ser feliz, alegre o enamorarse, únicamente lograba sentir esa ira homicida cada vez que se bloqueaba. Conocer gente le vendría bien, un cambio de aires, mudarse Suiza o Canadá. Recuperar un lívido que llevaba años muertos, sepultado por enormes cantidades de nicotina.
Pero a quien quería engañar. Todas esas cosas eran utópicas. Unos imposibles que jamás iba a cumplir ni a atreverse. Estaba confuso, en un atolladero, al borde de desmoronarse y dejarse caer en el abismo.
-¿Tú también quieres dejarlo? Tienes esa mira de «Esta mierda me está matando.» tan característica de los adictos a esta basura.
Un hombre se dejó caer a su lado en el banco, miraba el cigarrillo que tenía entre los dedos con cara de asco. Lo encendió, le dio una calada, reclinó la cabeza y lanzó el humo al cielo.
-Yo lo he intentado un cojón de veces, pero siempre acaban jodiéndote hasta que chupar el filtro es la única salida. Cuando fumas solo está eso; fumar. Darle una calada y que toda la mierda del día se disipe como el humo. Se consumen tus problemas. No hay trabajo mal pagado, no hay jefes cabrones, no hay hipoteca, no hay corrupción, no hay nada. Solo eso, un filtro que chupar. Y lo peor es que ni si quiera te dejan quejarte. «Tienes que agradecer tener trabajo» y una mierda, eso ni si quiera se puede considerar trabajo.
Pierre se quedó mirando a su compañero, se sintió a gusto al lado de aquel hombre que compartía sus problemas. El desconocido también lo escrutó, su silencioso amigo le recordaba a un Hugh Laurie joven en cierto modo. Pierre miró la pulsera del hombre, estaba hecha de conchas y cuero, de estas playeras, se notaba que le llevaba desde hacía bastante tiempo.
-Te has fijado en ella ¿Verdad? Ya se que no me pega nada, pero soy un fanático de Queer as folk, que se le va a hacer.
-La he visto entera. -Musitó y su voz le sonó desconocida. El hombre a su lado esbozó una amplia sonrisa y por primera vez desde hacía mucho tiempo, Pierre sonrió con sinceridad.
Un golden retriever blanco descansaba al lado de la puerta, esperando a que su jodido amo se dignase a abrirle y así poder poner su mejor cara de «Tío, me has abandonado» para ser recompensado con comida. Hasta entonces, no le quedaba otra que esperar. Dentro de la habitación bañada por la luz amarilla del amanecer se encontraban dos hombres desnudos y abrazados.
-Umh...es...es...eeeeeeeh....¿Una polla?
-¡Es imposible jugar contigo! Siempre ves pollas.
-¡Es lo que parece que dibujas! Entre que tus dotes artísticas son nulas y tu cosita no para de azotarme el estómago no hay Dios que se concentre.
-Oh, disculpadme Miguel Ángel, había olvidado que usted es un gran artista.
-Entiéndeme, tú eres de arte abstracto y yo de
-Pollas.
Bastian mordisqueó el hombro de Pierre a modo de reprimenda, puso su cara de «Te vas a cagar» y se lanzó hacia la puerta. Pierre intentó detenerlo, pero fue imposible, para cuando quiso reaccionar tenía al canadiense y al perro asomando sus ojillos por el borde de la cama. Aquellos dos habían hecho demasiadas buenas migas. Suspiró, cogió un cigarrillo y murmuró entre dientes mientras lo encendía:
-Está bien, enseguida os doy de comer.
Anónimos.
Estalla, explota, resuena, brama, degolla, mata. Y no puede parar el giro del mundo. Esa maldita pelota que no deja de dar vueltas. Él, mareado, se acerca al borde del abismo, donde el aire gime de placer al golpearle la cara con su furia. No se debe subestimar nunca al aire, pues es él quien decide si puedes andar hasta al borde y con un débil susurro hacerte caer, o luchar con valía para no dejar que te acerques.
Él mira ahora su sombra danzar en la pared con una desconocida transeúnte. Se mueven, se deslizan con cuidado, saben que se van a separar y, posiblemente, para siempre, pero ellos bailan al compás de la ciudad. Deseando con ansia que sus amos se crucen y durante unos instantes se fundan en uno. Mientras tanto, bailan con deseo, con el deseo de un siervo inerte y olvidado, pisoteado continuamente. Por ahí se acercan. Ya no queda nada. Las sombras se alargan. Vibran de placer al borde del contacto. Pasa un coche. Su sombre cubre a la chica. Desaparece. Muere. Cae en el olvido. Ella sube al coche, a su cárcel, y él, nuestro protagonista, con su sombra bajo los pies, cruza el paso de peatones.
Fn del primer acto.
Calle transitada. Iluminada por neones y farolas. Un hombre mendiga. Una fulana fuma. Una señora siente asco de ese lugar. Un profesor recibe la lengua de su alumna en el glande. Pese a eso, el contacto se puede considerar nulo. No encajan. Son fuego y hielo uniéndose. Destructiva. Él es otro pedazo de hielo deslizándose por la gélida urbe. La muerte, vestida con traje y corbata de seda, ríe de una forma macabra. Lo ve. Lo desea. Lo quiere. Lo ama. Lo odia. Quiere follarselo. Quiere matarlo. Quiere abrazarlo. Quiere amarlo hasta la muerte. Irónico ¿No?
Él se mueve, vacila, mira con miedo, se sumerge de nuevo en su ser. Palpa su cuerpo desde dentro. Empuja la piel hacia fuera. Se deforma. Se odia. Se quiere liberar de su cárcel de vísceras y músculo. Un coche pita. Frena de golpe. El cinturón provoca un hematoma. La conductora grita, brama, estalla como una estrella sin hidrógeno. Él está en el suelo. Mira los faros. Los odia, los quiere encima. Quiere los cristales en su piel, rasgándola, dejándole salir. La luz parpadea. Lo ciega. Lo transporta. Bum-bum. Bum-bum. Bum-bum. Late. Late fuerte. Tan fuerte y rápido que acalla al mundo. Todo se para y escucha ese latido rítmico El mundo ha dejado de girar.
La sombra es más larga que nunca. Alcanza un edificio y se leva hasta el final. Llega incluso a la Luna. Ahora, en el espacio y gigante, habiendo devorado a varias congéneres, se siente más sola que nunca. Quiere amar, ser amada. Quiere palpar, ser palpada. Tilila. Se agita. Teme. Llora. Grita. Los faros del coche se apagan.
Fin del segundo acto.
Mismo escenario, diferente hora. La puta ejerce su oficio en un callejón cercano. La señora ha sido consumida por la oscuridad. El pordiosero duerme. La alumna gime atragantada por el falo de otro alumno. Horas atrás ha sido pillada in fraganti. Sus ojos carecen de brillo, se encuentra lejos, fuera, aislada de este mundo. Ha conseguido escapar de su cuerpo. Es libre. Vuela. Disfruta. Planea sobre el mundano abismo. Su sombra, sin embargo, sigue anclada. Observa horrorizada. Cae una lámpara. Luz lateral. Ahora es violada, victima de una mujer que la esclaviza siendo ella misma ella.
Él tiene frío. Es un iceberg con frío. Piensa, medita, juzga. La masa lo mira con hostilidad y falsa compasión al cruzarse con él. Otros cruzan de acera. Los coches pasan y atropellan su amabilidad, la revientan contra el asfalto e hinchan su ego. Caos. Truena, retumba, ruge. La muerte viste ahora de mujer. Delgada, guapa, a la moda.Sonríe, disfruta, filtrea, busca. Los busca. A él. Sólo a él. Él ahora es importante para alguien. Podría ser feliz en un futuro si conociese ese dato, o ser aún más infeliz si conociese el dato completo.
La sombra mira el abismo. Las Almas gritan desde abajo, victimas de si mismas. Presas de un cuerpo que no quieren. Esclavas en un mundo caótico y congelado. Un mundo sin moral o ética. Un mundo infectado de seres que perdieron la razón. Un mundo cruel. Un mundo aciago.
Hay gente feliz. Sí. Pero no duran. Esa felicidad es espontánea y efímera. Delicada. Absurda y satisfactoria. O no tanto. Al final, sumando tiempo en desdicha y tiempo alegre, gana la soledad. Ella es el abismo. Es la muerte. Es el mendigo. Es la sombra de la chica que subió al coche. Es el faro que casi mutila a nuestro anónimo.
La sombra asiente. Lo acepta. Mira el abismo, mira el mundo, mira a los que planean sobre él. Libres, eso creen, pero no vuelan, planean. Caerán. Serás absorbidos y devorados. Salta. Se libera de su amo. Es salvaje. Cae. Se consume. Muere.
Fin del tercer acto.
Él mira ahora su sombra danzar en la pared con una desconocida transeúnte. Se mueven, se deslizan con cuidado, saben que se van a separar y, posiblemente, para siempre, pero ellos bailan al compás de la ciudad. Deseando con ansia que sus amos se crucen y durante unos instantes se fundan en uno. Mientras tanto, bailan con deseo, con el deseo de un siervo inerte y olvidado, pisoteado continuamente. Por ahí se acercan. Ya no queda nada. Las sombras se alargan. Vibran de placer al borde del contacto. Pasa un coche. Su sombre cubre a la chica. Desaparece. Muere. Cae en el olvido. Ella sube al coche, a su cárcel, y él, nuestro protagonista, con su sombra bajo los pies, cruza el paso de peatones.
Fn del primer acto.
Calle transitada. Iluminada por neones y farolas. Un hombre mendiga. Una fulana fuma. Una señora siente asco de ese lugar. Un profesor recibe la lengua de su alumna en el glande. Pese a eso, el contacto se puede considerar nulo. No encajan. Son fuego y hielo uniéndose. Destructiva. Él es otro pedazo de hielo deslizándose por la gélida urbe. La muerte, vestida con traje y corbata de seda, ríe de una forma macabra. Lo ve. Lo desea. Lo quiere. Lo ama. Lo odia. Quiere follarselo. Quiere matarlo. Quiere abrazarlo. Quiere amarlo hasta la muerte. Irónico ¿No?
Él se mueve, vacila, mira con miedo, se sumerge de nuevo en su ser. Palpa su cuerpo desde dentro. Empuja la piel hacia fuera. Se deforma. Se odia. Se quiere liberar de su cárcel de vísceras y músculo. Un coche pita. Frena de golpe. El cinturón provoca un hematoma. La conductora grita, brama, estalla como una estrella sin hidrógeno. Él está en el suelo. Mira los faros. Los odia, los quiere encima. Quiere los cristales en su piel, rasgándola, dejándole salir. La luz parpadea. Lo ciega. Lo transporta. Bum-bum. Bum-bum. Bum-bum. Late. Late fuerte. Tan fuerte y rápido que acalla al mundo. Todo se para y escucha ese latido rítmico El mundo ha dejado de girar.
La sombra es más larga que nunca. Alcanza un edificio y se leva hasta el final. Llega incluso a la Luna. Ahora, en el espacio y gigante, habiendo devorado a varias congéneres, se siente más sola que nunca. Quiere amar, ser amada. Quiere palpar, ser palpada. Tilila. Se agita. Teme. Llora. Grita. Los faros del coche se apagan.
Fin del segundo acto.
Mismo escenario, diferente hora. La puta ejerce su oficio en un callejón cercano. La señora ha sido consumida por la oscuridad. El pordiosero duerme. La alumna gime atragantada por el falo de otro alumno. Horas atrás ha sido pillada in fraganti. Sus ojos carecen de brillo, se encuentra lejos, fuera, aislada de este mundo. Ha conseguido escapar de su cuerpo. Es libre. Vuela. Disfruta. Planea sobre el mundano abismo. Su sombra, sin embargo, sigue anclada. Observa horrorizada. Cae una lámpara. Luz lateral. Ahora es violada, victima de una mujer que la esclaviza siendo ella misma ella.
Él tiene frío. Es un iceberg con frío. Piensa, medita, juzga. La masa lo mira con hostilidad y falsa compasión al cruzarse con él. Otros cruzan de acera. Los coches pasan y atropellan su amabilidad, la revientan contra el asfalto e hinchan su ego. Caos. Truena, retumba, ruge. La muerte viste ahora de mujer. Delgada, guapa, a la moda.Sonríe, disfruta, filtrea, busca. Los busca. A él. Sólo a él. Él ahora es importante para alguien. Podría ser feliz en un futuro si conociese ese dato, o ser aún más infeliz si conociese el dato completo.
La sombra mira el abismo. Las Almas gritan desde abajo, victimas de si mismas. Presas de un cuerpo que no quieren. Esclavas en un mundo caótico y congelado. Un mundo sin moral o ética. Un mundo infectado de seres que perdieron la razón. Un mundo cruel. Un mundo aciago.
Hay gente feliz. Sí. Pero no duran. Esa felicidad es espontánea y efímera. Delicada. Absurda y satisfactoria. O no tanto. Al final, sumando tiempo en desdicha y tiempo alegre, gana la soledad. Ella es el abismo. Es la muerte. Es el mendigo. Es la sombra de la chica que subió al coche. Es el faro que casi mutila a nuestro anónimo.
La sombra asiente. Lo acepta. Mira el abismo, mira el mundo, mira a los que planean sobre él. Libres, eso creen, pero no vuelan, planean. Caerán. Serás absorbidos y devorados. Salta. Se libera de su amo. Es salvaje. Cae. Se consume. Muere.
Fin del tercer acto.
Sueños.
El aire no entraba en sus pulmones. Allí tumbado sobre las sábanas, con la imagen de aquel Adonis rubio sobando a Álvaro, Abel irradiaba odio por cada uno de los poros de su piel. Golpeaban como martillos directamente sobre su cerebro las risas de ambos y el leve gemido que se le escapaba a Álvaro cuando el surfista le lamía el cuello.
Era como si se hubiese sumergido en una parte poco profunda del mar, allí estaba la salida, el despertar, brillando, fácil de conseguir, incluso notaba en la punta de los dedos de los pies la brisa fresca. Pero algo lo retenía allí debajo, como si los musculados brazos de aquel hombre perfecto lo apretaran clavándolo en la arena. Pero al mismo tiempo estaba en otra parte, besando al amor de su vida. Abrazándolo, haciéndole gemir. Sus gemidos se sostenían en el aire, no morían pero no eran eternos, estaban ahí sonando pero en silencio. Haciendo una herida en el cuerpo de Abel, profunda, ardiente, directa en el corazón. Un balazo que se mezclaba con el agua salada.
El escozor era insoportable, el macizo seguía haciendo fuerza, clavándolo en la arena, provocando que Abel odiase cada vez más su cuerpo débil y flácido. El agua le entra a bocanadas. Sus pulmones se llenan. La sal le seca la boca, los ojos. Álvaro gime de nuevo a manos de su Adonis, otro balazo que se clava a bocajarro. El grito de dolor se pierde entre el arrullo del mar.
La presión cesa. Los brazos atléticos y musculosos sueltan al endeble cuerpo del muchacho. La cabeza cae muerta hacia atrás, el pelo se mezcla con la arena y levanta tornados de polvo. Álvaro ríe, se cae al agua, chapotea salpicando al surfista. La resaca va retirando el agua del cadáver. La sal petrifica el cuerpo, el sol lo quema, las lágrimas lo surcan formando ríos por sus mejillas. Un embalse salado se forma en su boca, las comisuras se pueblan por salvajes que lucharan por la sal que se va depositando en el fondo del paladar.
En la batalla un nuevo Álvaro, guerrero ahora, perecerá en el embalse y su cadáver se hundirá. Caerá por la garganta, encontrará las fugas que causaron sus balas, y ,tarde o temprano, llegará al pútrido corazón de su amor. Dónde ambos cadáveres serían felices para la eternidad.
Era como si se hubiese sumergido en una parte poco profunda del mar, allí estaba la salida, el despertar, brillando, fácil de conseguir, incluso notaba en la punta de los dedos de los pies la brisa fresca. Pero algo lo retenía allí debajo, como si los musculados brazos de aquel hombre perfecto lo apretaran clavándolo en la arena. Pero al mismo tiempo estaba en otra parte, besando al amor de su vida. Abrazándolo, haciéndole gemir. Sus gemidos se sostenían en el aire, no morían pero no eran eternos, estaban ahí sonando pero en silencio. Haciendo una herida en el cuerpo de Abel, profunda, ardiente, directa en el corazón. Un balazo que se mezclaba con el agua salada.
El escozor era insoportable, el macizo seguía haciendo fuerza, clavándolo en la arena, provocando que Abel odiase cada vez más su cuerpo débil y flácido. El agua le entra a bocanadas. Sus pulmones se llenan. La sal le seca la boca, los ojos. Álvaro gime de nuevo a manos de su Adonis, otro balazo que se clava a bocajarro. El grito de dolor se pierde entre el arrullo del mar.
La presión cesa. Los brazos atléticos y musculosos sueltan al endeble cuerpo del muchacho. La cabeza cae muerta hacia atrás, el pelo se mezcla con la arena y levanta tornados de polvo. Álvaro ríe, se cae al agua, chapotea salpicando al surfista. La resaca va retirando el agua del cadáver. La sal petrifica el cuerpo, el sol lo quema, las lágrimas lo surcan formando ríos por sus mejillas. Un embalse salado se forma en su boca, las comisuras se pueblan por salvajes que lucharan por la sal que se va depositando en el fondo del paladar.
En la batalla un nuevo Álvaro, guerrero ahora, perecerá en el embalse y su cadáver se hundirá. Caerá por la garganta, encontrará las fugas que causaron sus balas, y ,tarde o temprano, llegará al pútrido corazón de su amor. Dónde ambos cadáveres serían felices para la eternidad.
Ámame (III)
El conocer datos personales estaba prohibido. Porque estos cohibían. No ofrecer información propia daba un anonimato esencial. No había miedo de que las palabras se volviesen en tu contra. No existía un "tu". Nos mostrábamos tal y como éramos. Nos despojábamos de todo lo secundario, solo quedaban almas desnudas. No habían nombres, no había direcciones, no había mundo. Sólo almas desnudas relatando historias de dolor, de odio, de humillación. Relatando verdades afiladas como cuchillos. Y, al final, estos cuchillos se clavaban en las almas desnudas haciendo emanar más historias, más verdades, más desprecio, más miedo, más destrucción.
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